El efecto Gabrielle

Kamouraskan



Advertencias: Dos mujeres enamoradas la una de la otra y esto es otra comedia. Decidid vosotros cuál de las dos cosas es más mortífera para vuestro concepto de la moral. Sexo y violencia bajo mínimos dentro de estas condiciones. En la próxima prometo matar a unas cuantas personas para compensar.
Renuncias: Cualquier parecido entre los personajes descritos en este relato y los de cierta serie producida por Renaissance Pictures es pura coincidencia. Pero lo he intentado. Después de algunos de los episodios "cómicos" de la cuarta temporada, he pensado que no podría hacerlo peor. Pero nunca se sabe...
Kamouraskan@yahoo.com
[Notas de Atalía: 1) En esta historia aparecen Meg y Leah, las dobles de Xena. Uno de los problemas del doblaje en España es que no ha respetado la forma especial de hablar que tiene cada una de ellas y que es precisamente uno de los efectos cómicos más claros cuando aparecen en los episodios. Meg es de una vulgaridad apabullante y Leah tiene una especie de defecto en el habla, concretamente, problemas para pronunciar ciertas "eses" y "erres". Normalmente, en el caso de Leah no me habría molestado en reflejarlo tanto en la traducción, pero en este caso no ha quedado más remedio.
2) En un momento dado, se dice que un personaje no lleva camisa roja, pero bien podría llevarla. Es una broma que quiere decir que el personaje es sacrificable, es decir, que está destinado a morir y desaparecer sin pena ni gloria. No estoy muy segura de dónde sale la expresión, pero sí sé que en la serie original de Star Trek, los miembros de la tripulación que mueren como chinches y cuyo nombre rara vez se conoce suelen ser los que llevan uniforme con camisa roja. Tal vez ése es el origen. Si alguien lo sabe con certeza, que me lo comunique, por favor.]

Título original: The Gabrielle Effect. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2003


Acto 1. Prolegómenos


Escena: Taberna de Cyrene.

Nuestra historia comienza apaciblemente en una posada pequeña pero aparentemente próspera situada hacia el centro del pueblo de Anfípolis. Es de día y nuestra cámara imaginaria se mueve despacio por la taberna temporalmente vacía de la posada, hasta que se centra en una figura alta vestida con armadura derrumbada en el rincón. Al acercarnos vemos que se trata una mujer morena y extraordinariamente atractiva, algo bebida. En la mesa delante de ella hay varias jarras vacías y un pergamino que unos desconcertados ojos azules han leído varias veces. Toma un sorbo de su bebida, con la mente concentrada en un objeto que sólo ella ve. Dos dedos dan golpecitos pensativos en un costado de su jarra. Su atención se distrae de repente y vuelve la cabeza hacia la pared de enfrente, donde aparece el dios de la guerra envuelto en un resplador de polvo divino.

Ares se apoya despreocupado en la pared.

—Xena. Xena. Xena. Bebiendo sola. Y bastante, por lo que parece. No puedes decir que no te lo haya advertido. Eso es lo que ocurre siempre cuando se abre el corazón al amor.

La guerrera no responde, salvo con una mirada de asco. Ares se acerca y le pone la mano en el hombro. Ladeando la cabeza, dice:

—¿Vienes mucho por aquí, princesa?

Los irritados ojos azules miran hacia el hombro ofendido y gruñe:

—O la apartas o te la corto, Ares. Y no me refiero a tu mano.

Ares sonríe, pero aparta la mano rápidamente y luego se apoya de nuevo en la pared como si no pasara nada.

—¿Dónde está tu coleguita, cómo se llame?

Habla con cierta dificultad al volverse para mirar al dios de la guerra.

—Sabes, me gustaría pensar que tienes algo mejor que hacer, pero...

—Siempre tengo tiempo para mi favorita. Sobre todo cuando parece tan deprimida. —Ares sonríe y agita las manos extendidas—. ¡Oye! Tengo una idea...

Xena suelta un resoplido.

—Ya, seguro. Pero tendría que estar mucho más borracha y furiosa de lo que estoy para romper la promesa...

—¿Que le hiciste a la rubia? ¿Esa misma rubia que te prometió que nunca te dejaría? —Ares se pone a buscar exageradamente por la taberna—. Qué curioso, no la veo por aquí. Una vez más.

—Necesitaba un descanso. Unas vacaciones.

—Por supuesto. Conozco a una mujer cuyo marido se fue a la botica a buscar unas hierbas.

—¿Y?

—Que se llevó tres maletas. Hasta hoy ella sigue diciéndoles a sus amigos que se debe de haber entretenido comprando leche.

Xena cierra los ojos frustrada y de repente se le ocurre una idea. En esos ojos cerúleos aparece un brillo y sonríe fugazmente. Ares no se percata de nada de esto. Ella se vuelve y se levanta súbitamente, lo agarra de la armadura, se aferra a él y con mucha exageración estalla en sollozos.

—Oh, Ares, no sé qué hacer.

Ares retrocede totalmente petrificado, arrastrando a Xena, que no lo ha soltado. Xena sigue llorando.

—Se suponía que tenía que haber llegado hoy —levanta la voz—, y en cambio recibo una nota... ¿Qué voy a hacer sin ella?

Incapaz de hacer frente a tanta emoción tan poco propia de un guerrero y tratando de recuperar el control, Ares intenta soltarse de esta especie de lapa.

—Xena. ¿Xena? —Ares suelta una carcajada nerviosa mientras sigue luchando con los dedos que lo aferran—. Escúchame. Tengo un ejército estupendo a pocos kilómetros de aquí. Te va a encantar. Sólo están esperando a tener un comandante adecuado. Son toscos, pero jóvenes. Con la preparación adecuada, un poco de selección...

—No puedo. No puedo hacer nada sin ella. No sabes lo que sería capaz de hacer... —La guerrera está ahora exagerando de lo lindo.

—¡Claro que lo sé! ¡Podrías divertirte! Como en los viejos tiempos. ¿Te acuerdas de los viejos tiempos? ¿Mil hombres a la espera de una sola palabra tuya? ¿Dispuestos a dar su vida en el combate, dispuestos a morir por la Destructora?

La guerrera sacude la cabeza con vehemencia.

—Ya nada me divierte sin... ¡¡¡sin Gabrielle!!!

Ares está ahora al borde del pánico, incapaz de pensar.

—Xena, mm, el cuero, Xena, me lo estás dejando perdido de lágrimas. ¡Maldita sea, contrólate ya!

La guerrera se calma un poco.

—Si no vuelve, prefiero quedarme aquí. —Hace una pausa como si acabara de tener una revelación—. ¿Y si me hago granjera...?

—No. ¡No! —El dios de la guerra ha pasado del pasmo al horror.

—¿Pero qué soy yo, sin mi dulce Gabrielle?

—¿Y yo qué sé? Escucha, podrías esperar aquí, ¡oye, basta! Te... ¡deja de llorar! ¡Qué tal si voy a buscarla!

Sin que él lo vea, los ojos azules sueltan un destello mientras piensa, ¡Ya te tengo! Los sollozos disminuyen un poco y la cara bañada en lágrimas se alza y mira suplicante a Ares.

—Pero no puedes hacerle daño ni obligarla a venir de ninguna manera. Tiene que querer volver conmigo por su propia voluntad —dice Xena sorbiendo y limpiándose la nariz en el pecho de Ares—. Y no puedo deberte un favor, a Gabri...elle... tampoco le gustaría eso...

—Está bien. Es gratis. Iré a hablar con ella. Te lo prometo. Pero por favor. ¡Deja de llorar! —El dios de la guerra añade con firmeza—: ¡Y nada de granjas!

—Creo que hay un anciano que dijo que necesitaba un pastor. —Xena mira a Ares con inocencia—. Podrían llegar a gustarme las ovejas, ¿verdad?

Ares la aparta de un empujón. Señalándola con los dedos índices, dice:

—Quédate... aquí. Volveré. Y no te acerques a las ovejas. —Desaparece con su habitual resplandor.

Inmediatamente, Xena se endereza, tocándose la nariz al tiempo que en su boca se dibuja una sonrisa malévola. Mira por la taberna vacía y se echa a reír.

—Ha tenido gracia. —Entonces se termina la jarra y, satisfecha de sí misma, hace un gesto saludando a cierto pergamino—. Donde las dan, las toman, amor. A me vas a dar plantón. ¡Ja!

Entra Cyrene, la madre de Xena, mirando de un lado a otro.

—¿Xena? ¿Estabas hablando con alguien?

Se vuelve sonriendo a su madre con satisfacción.

—Sólo era Ares, que no tenía nada que hacer.

—¿El dios de la guerra? ¿Aquí? —dice Cyrene con expresión preocupada.

—No pasa nada, mamá, no te preocupes. Nunca haría...

La otra mira su taberna horrorizada.

—¡Pero está todo manga por hombro!

Xena mira a su madre con extrañeza.

—Ares pasa mucho tiempo en los campos de batalla, madre. Se ponen bastante asquerosos de vez en cuando.

—Sí, ya, pero... ¿Qué quería?

—Lo de siempre. Tiene un ejército aquí cerca. Ha creído que porque estaba sin Gabrielle, le haría caso. —Levanta el dedo índice—. Pero fíjate, he conseguido que vaya por la bardo. —Sonríe llena de orgullo.

Cyrene se queda de piedra.

—¿Porque se va a retrasar?

Xena asiente muy contenta.

—¿Has enviado al dios de la guerra tras tu alma gemela porque se va a retrasar?

Xena está a punto de retroceder ante el avance de la mujer.

—Mamá, sólo era una broma. No pasa nada. Le he hecho prometer que no le va a hacer daño y está obligado a cumplir una promesa hecha a su Elegida.

—¿Y eso te parece gracioso?

Xena asiente, meneando las cejas.

—Pues ya estás diciéndole que vuelva. —Pero ve la expresión de Xena y se achanta un momento—. Bueno, no, tal vez no. Pero ahora mismo te vas a montar en tu caballo y vas a hacer lo que sea necesario para solucionar todo este lío. Ahora, jovencita.

—Mamá... —dice Xena con fimeza, sin moverse.

—¡Nada de "mamá"! ¡Vete!

Momentos después, Xena, malhumorada y refunfuñando, se encamina a los establos, donde se choca con su hermano Toris.

—¿Dónde vas? —pregunta su hermano, al tiempo que ella lo ayuda a levantarse del suelo.

—Tengo que ir a buscar a Gabrielle —rezonga Xena de mal humor.

—¿Se ha metido en un lío? Como siempre, ¿eh? ¿Cómo lo sabes?

Xena rehuye la mirada un momento antes de contestar.

—Mm... es esa conexión que tenemos, simplemente lo sabemos...

Toris asiente comprensivamente.

—Ahhh...


Escena: Monte Olimpo.

La cámara hace una panorámica de una gran sala de mármol y se detiene cuando entra Ares, que se encuentra a Artemisa echada sobre unos cojines observando el mundo mortal en un estanque místico. A su alrededor tiene varias cosas de picar.

—Lo sabía —exclama él con rencor—. La gran cazadora está aquí perdiendo el tiempo, mirando a los mortales y comiendo porquerías.

La patrona de las amazonas se levanta de un salto y le devuelve la mirada asesina.

—No me fastidies, he tenido un mal día.

—Bien. Tú dime dónde está tu... —hace un gesto de comillas con dos dedos de las manos—, ...Elegida y me voy.

Artemisa se echa a reír.

—Ah, no. Ni hablar. Y sabes muy bien que no he nombrado a Gabrielle mi Elegida oficialmente. Mientras siga despreciando la máscara como si fuera un plato de entremeses...

—¿Gabrielle? ¿Despreciando algo de comer? ¿Alguna vez has pasado algo de tiempo con esa chiquilla? —se burla Ares tranquilamente.

—¿Chiquilla? Escucha, si fuera mi Elegida nunca te habrías atrevido a intentar ligártela el otro día. Así que vamos a dejar una cosa bien clara, esa mujer está bajo mi protección. ¿Te enteras? No te acerques a ella.

Ares reprime una contestación y replica piadosamente:

—Pero estoy llevando a cabo una misión de amor, para reunir a dos almas gemelas, y si tan preocupada estás, puedes venir conmigo.

—¿Xena te ha pedido un favor? —Artemisa lo mirá con escepticismo—. Mmmm, iría contigo sólo para asegurarme de que no te desmandas, pero... dado que es una misión de amor... —La diosa eleva la voz—: ¿¿Dita??

—Oh, mierda —dice el dios de la guerra.


Escena: Cabaña de la reina, Amazonia.

La reina de las amazonas está sentada ante un escritorio, con la cabeza en la mesa, claramente deprimida. Entra Eponin, una guerrera amazona.

Se dirige a la reina sarcásticamente:

—Bueno, felicidades. Ya se han ido.

Sin mover la cabeza, Chilapa farfulla:

—Soy guerrera, no diplomática.

Eponin la mira furiosa.

—Pues si los tratados con los centauros se vienen abajo y pasamos de tener unos valiosos aliados en nuestras fronteras a que nos ataquen a nosotras también, vas a tener que ser una guerrera formidable.

Chilapa mira hacia el cielo.

—Querida Artemisa, ¿qué he hecho?

Eponin se dispone a elaborar una lista contando con los dedos.

—Pues veamos. Has enviado a su delegación a alojarse en los establos...

—¡Pero siempre se han alojado ahí!

—¡Creo que normalmente Ephiny habría sacado a los caballos! ¿Y no habría limpiado primero? Y luego tenemos el banquete. ¡Pusiste balas de heno en la mesa principal!

—¡Pero eso es lo que comen!

—Gabrielle siempre se aseguraba de que hubiera cosas de picar, como zanahorias, y hacía elegir el grano de forma especial y servirlo en bandejas...

Chilapa se pone en pie.

—¡Está bien! No soy Ephiny, no soy Gabrielle. Estas cosas no se me dan bien. ¿Qué hacemos ahora?

—Te sugiero que te tragues el orgullo que puedas tener y consigas que nuestra reina errante regrese para negociar un nuevo tratado.

Chilapa da vueltas a la idea, contemplando la máscara de la reina que cuelga en un rincón. La mira con rabia y se vuelve hacia Eponin.

—Sabemos dónde está ahora mismo, siempre tenemos a alguien pendiente, ¿verdad?

—Es la titular del derecho de sucesión. Siempre estamos al tanto de lo que hace. Lo que no comprendo es que rechazara la máscara para estar con Xena y al parecer en estos momentos no está con Xena...

Chilapa empieza a pasear de un lado a otro.

—Sabes que le entregaría la máscara al instante si pensara que la iba a aceptar. A lo mejor si se lo proponemos de la manera adecuada... si le mostráramos cierto respeto, podríamos conseguir que regresara.

Eponin se muestra dudosa.

—A Gabrielle nunca le han ido esas cosas...

—Bueno, ahora es mayor, a lo mejor antes no se hizo bien. Dices que no tenemos problemas inmediatos y la noticia de nuestra ruptura con los centauros se puede acallar por el momento, ¿verdad? Así que si cogemos una partida completa de la guardia de honor, cincuenta bastarían para impresionarla y no dejar a la aldea sin defensa y además no estaríamos a más de dos días a caballo...

Eponin reflexiona sobre ello.

—Pero por si no funciona, más vale que nos inventemos algo para disimular...


Escena: Taberna de Meg.

Plano largo de burdel sórdido con taberna. La cámara pasa entre numerosas mesas y por fin se posa en una pareja mayor que está sentada discutiendo, ajena a los trapicheos que tienen lugar a su alrededor. El hombre mayor dice:

—No veo qué problema tienes con esto. Es nuestra hija mayor y tiene responsabilidades con la granja.

Su mujer lo mira preocupada.

—Pero querido, trabaja tanto para ganar dinero...

Su marido la interrumpe.

—Ahora que por fin ha dejado a esa guerrera, seguro que ha ahorrado lo suficiente para ayudarnos...

Un tontaina de aspecto excéntrico los interrumpe. Sus ojos se iluminan al verlos.

—Eh, vosotros sois los padres de Gabby, ¿verdad?

Levantan la mirada con desconfianza y ven asombrados cómo el que los ha interrumpido se resbala al intentar rodear su mesa y se cae de bruces al suelo. La pareja se mira y suspira.

—Tú eres Joxer, ¿no? Creo que ya nos hemos visto, pero desde entonces...

Dándose la vuelta pero sin levantarse del suelo, Joxer sonríe encantado.

—¿Gabby os ha hablado de mí?

—Más bien nos ha advertido. —Herodoto alarga la mano y ayuda a Joxer a levantarse. Una vez en pie, el guerrero inoperante grita hacia una mesa:

—¡Meg! ¡Autólicus! ¡Son los padres de Gabrielle!

Volviéndose de nuevo, pregunta a la irritada pareja:

—Estáis muy lejos de Potedaia. ¿Hacia dónde os dirigís?

Se produce otro intercambio de miradas. La que habla es Hécuba:

—Pues nos hemos enterado de que Gabrielle ya no está con Xena y hemos pensado...

Herodoto interrumpe:

—Hemos pensado que debíamos ver si está bien.

Joxer se queda pasmado.

—¿Que no está con Xena? Yo soy su mejor amigo. ¡Puede que me necesite! ¿Dónde está?

Los padres de Gabrielle se quedan mirando a la pareja que se acerca a ellos y no contestan. La mujer es clavada a Xena. Sonríe y dice:

—¿Qué tal?

Joxer interviene y explica:

—Ésta es Meg, es amiga de Xena y Gabby. Es... la dueña de este establecimiento. Y éste es...

Meg interrumpe:

—Lo llamamos Apestoso.

Autólicus se detiene, cierra los ojos y luego alarga la mano.

—Autólicus, el rey... de los ladrones.

Hablando de lado, Herodoto dice:

—Estos son los amigos de nuestra hija, querida...


Escena: Ciudad Sagrada de Hestia, diosa del hogar y la familia.

Nuestra cámara pasa ante diversos vendedores y clientes que se mueven por un bullicioso mercado. Gabrielle, vestida con un sencillo vestido de campesina, pasa ante una serie de vendedores y puestos interiores, acompañada por una alta, morena y casta sacerdotisa. Leah señala con orgullo un objeto expuesto con gran pompa, rodeado de guardias, que cuelga de una pared.

—Hecho del odo más pudo, incdustado de joyas, ¡la Bandeja de Zeuz!

Gabrielle examina el objeto.

—¿Por eso me has traído? ¿Por qué es tan importante que me has tenido que adastrar, arrastrar hasta aquí?

—Gabdielle. Sé que edes una pezona honodable. Y debes asegudadme que no develarás lo que te voy a decir.

—Leah. Sabes que te ayudaré si puedo, pero hoy tenía que reunirme con Xena...

—Gabdielle, ¡esto afecta a la divinidad de la zagdadízima Heztia! —Leah baja la voz hasta hablar en un susurro—: ¡Ha quedado atdapada en esa bandeja!

Gabrielle se para para volver a mirar la bandeja.

—¿Entonces Hestia es mortal?

—No, gdacias a todo lo zagdado. Zigue ziendo inmodtal. Pero a menos que encontdemos a una pezona puda de corazón...

—¿Qué de corazón?

—Puda, tiene que tener pudeza, pudidad...

—Ah —asiente Gabrielle—. ¿Entonces por qué me necesitas a mí?

—Gabdielle, sé que una vez te dije cosas muy dudas. Pero cdeo de verdad que tienes una especial...

—¿Pudeza?

La sacerdotisa sonríe.

—Zí. Y sólo una pezona que pueda pdácticamente ser una con la gdan Heztia, puede ayudadnoz en eztoz momentoz de cdiziz.

Gabrielle ve un rompecabezas en una mesa de un vendedor y empieza a colocar distraída las piezas en su sitio. Levanta la vista para mirar a Leah.

—¿Y cómo la perdió Hestia?

Leah se para en seco.

—¿Qué eztáz diciendo?

Gabrielle pone los ojos en blanco.

—Me refería a su divinidad...

—Ah. —Apaciguada, la sacerdotisa continúa—. Puez Zeuz cdeó y encantó la bandeja como tduco para atdapar los podedes de zu ezpoza. Pero cuando se la pdezentó a Heda, ésta no tocó la bandeja, zólo la fduta que contenía.

—Entonces... ¿cómo quedó Hestia atrapada por ella?

Leah se sonroja.

—Me temo que nuestda amada patdona zintió el impulzo de fdegar los platoz dezpuéz de comer.

Gabrielle sólo la escucha en parte, mientras va encontrando las últimas piezas del rompecabezas.

—Pero si la tenéis, ¿por qué no podéis devolvérsela ya?

—La bandeja se debe ofdecer a la modtal que mejod encadne las vidtudes de Heztia, a quien entonces devolvedá libdemente la divinidad. Hay una chica, Madta, que padece haber amenazado a cazi todas las candidatas pada asegudadze la victodia.

Colocando la última pieza con satisfacción, Gabrielle levanta la vista al oír el claro desaliento en la voz de Leah.

—¿Y qué problema hay si gana Marta?

—Zozpechamos que, en vez de ofdecer la divinidad a Heztia, tiene intención de hacer demandaz, ¡poziblemente incluzo de quedadse ella misma con los podedez zagdadoz!

Gabrielle se queda perpleja.

—Leah, supongo que me siento halagada, pero ¿por qué crees que yo podría enfrentarme a ella? Ya sabes que no soy... que estuve casada.

—Pero él mudió juzto dezpuéz de la cedemonia. ¿Veddad?

—Bueno, un poco más tarde...

Leah sonríe radiante ante la confirmación.

—¡Ez madavillozo!

Gabrielle frunce el ceño.

—Eso no me ha sonado bien.

Leah se muestra contrita al instante.

—No, lamento muchízimo tu tedible péddida, pero ezo es juzto el tipo de cosa que te ganadá laz zimpatíaz del judado.

Gabrielle suspira y menea la cabeza.

—Bueno, ¿y cuáles son los requisitos?

Leah se pone a enumerar.

—La candidata no puede zer zaceddotiza de Heztia ni tener un miembdo de su familia inmediata que zea zaceddotiza de Heztia...

—Por ahora vamos bien...

—La candidata debe zer valiente, fuedte, decatada...

Gabrielle duda un poco.

—Bueno, dos de tres...

—...púdica, dezedvada, humilde, modezta, callada...

La bardo se queda mirando pasmada a la sacerdotisa de Hestia.

—Ya. Creo que deberías hablar con Autólicus si quieres conseguir esa cosa, no conmigo. ¿Quién se va a creer que yo soy ninguna de esas cosas?

Leah sonríe y mira disimuladamente hacia la mesa que acaban de abandonar.

—El conzejo de la ciudad.

—¿Esos son los jueces? ¿Esos tipos? —Gabrielle observa atentamente a un grupo de patanes que se están devanando los sesos con el rompecabezas que Gabrielle acaba de resolver. Sonríe por dentro—. Esto es muy importante para ti, ¿verdad?

Leah asiente con aire suplicante.

—¿Y sólo tengo que ser repugnantemente callada, tímida y recatada durante dos días?

Leah asiente de nuevo.

Gabrielle ofrece en silencio una disculpa a cierta princesa guerrera.

—Está bien, voy a intentarlo.

—¡Alabada zea Heztia! ¡Te voy a inzcdibir ahoda mizmo!

Pero mientras se alejan, la cámara sigue enfocando a los consejeros de la ciudad, que por fin trabajan juntos. Y meten a presión una pieza equivocada del rompecabezas empujándola con una piedra...


Diario de Gabrielle.

Voz superpuesta a un plano de Gabrielle escribiendo: Bueno, una vez más debo retrasar mi regreso a Themascara. Este período de separación ha sido muy duro y se lo voy a tener que compensar a Xena con creces... pero la conozco, ya se le ocurrirá alguna venganza y luego estaremos bien. Y aunque estoy muy preocupada por ella, creo que esta separación nos va a venir bien a las dos. Sé que nuestra relación será más fuerte, más entre iguales...


Corte rápido a Escena: Fuera de Anfípolis.

Xena, cabalgando velozmente, hablando consigo misma: La voy a encontrar, me la voy a echar al hombro y aunque tenga que atarla a Argo, me la voy a traer a casa...


Escena: Salas de la Guerra.

Ares: Oye, ¿estás ya?

Afrodita: Escucha, hermano. En realidad, no vas sólo a charlar con la nenita, ¿verdad?

Ares: Sólo voy a mantener una agradable charla con ella.

Afrodita: A lo mejor hasta tengo oportunidad de ver también unos cerdos volando mientras estoy allí.


Escena: Frontera de las amazonas.

Chilapa, a cincuenta guerreras amazonas a caballo: Como sabéis, nuestra amada Gabrielle, reina por derecho de sucesión, está sola y sin protección. No podemos permitir que esto continúe así. Marchemos a demostrarle nuestra devoción y nuestro amor por ella...


Escena: Taberna de Meg.

Joxer: ¿Estás seguro de que quieren que vayamos? Yo creo que...

Autólicus: Bueno, sólo te equivocas a medias. No, lo sé todo sobre esa fiesta y Gabrielle me necesita. Y también cierto cacharro para servir la cena. Entramos, salimos y todo el mundo contento. Yo, desde luego, pienso estarlo.


Escena: Habitación de Gabrielle.

Gabrielle (sigue escribiendo): Aunque te echo muchísimo de menos, Xena, he decidido quedarme unos días más. Para lograr esta pequeña hazaña por mi cuenta, para ayudar a nuestra amiga y para demostrarme a mí misma que puedo trabajar por el bien supremo, sin causar ningún desastre. Aunque se trate sólo de actuar un poco, esto es muy importante para mí. Luego prometo volver a casa y quemar la castidad y la modestia con mi guerrera preferida.

Me ha costado mucho estar lejos de ti, pero al menos las cosas han estado tranquilas. Y creo que por fin puedo decir adiós a mi fama de Imán de Problemas...


PARTE 2


Volver a Xena y Gabrielle: Relatos largos y novelas
Ir a Novedades