Mejor que dominar el mundo

Julia Noel Goldman
(Xena's Little Bitch)



Descargo: Los personajes no son míos, sólo me encanta escribir sobre ellos.
Para vuestra información: Este relato incluye escenas de amor entre mujeres. Si no os gusta o por alguna razón leerlo es ilegal para vosotros, no leáis el relato.
Descripción: Historia de la primera vez, que ocurre poco después del período que aparece en forma de recuerdos dentro del episodio Destino, salvo que esta vez, Xena no dejó que César subiera a bordo de su barco y la traicionara.
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Título original: Better Than Ruling the World. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2006


Hoy

Hoy ha sido un día distinto. Habíamos atracado, para conseguir provisiones. Hacía un día bonito y soleado. Daba gusto. A mí me lo daba. Me puse a pasear despacio por entre los puestos del mercado al aire libre, sin fijarme en nada en concreto. Iba comiendo una manzana, lanzándola al aire y volviéndola a atrapar entre mordisco y mordisco, con lo que se estaba poniendo asquerosa, y entonces las oí. Unas chicas que gritaban. No hay nada que sienta más ganas de parar que ese sonido. Vi, mientras subían a un barco, a un puñado de chicas encadenadas y una panda de feos hombres armados. Tardé apenas unos segundos en matarlos: no me gustan los tratantes de esclavos. Liberé a las chicas. Lloraban y me abrazaban y me daban las gracias. Confieso que me dio gusto. Los agradecimientos y los cuerpos de las chicas pegados al mío. Pero había una chica, unos años más joven que las demás. Tenía doce tal vez, no se me da bien calcular edades. Era como si hubiera un cartel gigante pintado encima de ella en el que ponía mi nombre y una flecha que la señalaba. Pero el cartel no eclipsaba su largo pelo dorado rojizo, sólo conseguía destacarlo más, al igual que todo lo demás que tenía. Se quedó mirándome mientras yo pagaba al capitán del puerto para que se ocupara de retirar los cadáveres. Estaba ahí plantada, mirándome, mientras las chicas mayores se dispersaban. ¿Qué podía hacer yo? Al fin y al cabo, tenía que tener en cuenta eso de que mi nombre aparecía en el cielo encima de su cabeza. De modo que me acerqué a ella.

—¿Dónde vives? —le pregunté.

—En ninguna parte ya —dijo.

—¿Dónde están tus padres?

—Están muertos —me dijo.

—¿Cómo te llamas?

—Gabrielle. ¿Y tú?

—Xena —dije.

—Llévame contigo —dijo.

Y lo hice.

Sí, hago lo que me dicen las niñas de doce años. La llevé de vuelta al barco y le di ropa vieja de M'Lila para que se vistiera. Tengo que reconocer que echo mucho de menos a M'Lila. No la culpo por querer ver su patria. Pero echo de menos tener a alguien con quien comunicarme, alguien con algo en la cabeza aparte del mar, las joyas y el marfil. Y ahora tenía a esta niña, esta tal Gabrielle, vestida con esa vieja camisa de M'Lila con el dibujo en la parte de delante. Estaba en la puerta de mi camarote sonriendo. Era la primera vez que la veía sonreír.

—Estás guapa —le dije. Se ruborizó—. Tengo que ocuparme de unas cosas. ¿Qué hacen las niñas de tu edad? ¿Para distraerse?

—No sé otras niñas, Xena, pero a mí me gusta escribir.

¡Qué serenidad! Le encontré unos pergaminos, plumas y tinta negra y dorada, la senté en un rincón de mi camarote y me fui a hablar con mis hombres.

Los reuní en cubierta y les dejé muy claro que si alguno de ellos tocaba a Gabrielle de cualquier manera en cualquier momento por cualquier motivo, lo pagaría con su vida. Aunque saben que no les conviene hacerme enfadar, algunos soltaron una risita. ¿De verdad pensaban que estoy tan desesperada como para obligar a esta niña a compartir mi cama? Podría tener a quien me diera la gana: ¡saben que tuve a Julio César, por amor de Afrodita! Sobre gustos no hay nada escrito. Levamos anclas.

Una vez me ocupé de mis hombres, regresé a mi camarote. Gabrielle estaba sentada en el rincón escribiendo, tal y como la había dejado. Caí en la cuenta entonces, mientras me servía un poco de vino, de que me recordaba a Lyceus. Los dos tenían algo muy inocente y sincero. Algo auténtico. Siempre me he preguntado cómo sería sentirse así, no sentirse en conflicto todo el tiempo.

El cocinero nos trajo la cena y creo que Gabrielle se quedó impresionada. Cuando se trata de mi vida en el mar, no me privo de nada: vivo bien.

Comimos.

—Bueno, ¿y qué te ha pasado? ¿Cómo has acabado aquí? —le pregunté.

Gabrielle hizo una pausa.

—Llegaron los tratantes de esclavos. Al pueblo, para llevarnos. Mataron a la gente que intentó defendernos. Nos trajeron aquí.

—¿Y te...? —Porque tenía que saberlo—. ¿Alguno de ellos te ha tocado?

—Claro, ¿cómo crees que me obligaron a...? Ah, quieres decir de esa otra forma, ¿no? No, me alegro de decir. Eso le quita valor a una esclava, ¿verdad?

Me sonrojé. Sí, yo me sonrojé.

—Sí. Me alegro de que no lo hicieran. Tocarte.

—Y yo. ¿Por qué eso le quita valor a una esclava, Xena?

Mi primera velada con esta niña y ya estaba haciéndome preguntas sobre el sexo.

—Sabes, ésa es una pregunta difícil de contestar. Porque a los hombres que compran esclavas les gusta tocarlas así, les gusta ser los... primeros en tocarlas. Están dispuestos a pagar por ello.

—¿Por qué?

—Es como... cualquier cosa, un arma nueva, o un juguete. Si es tuyo, quieres ser la primera en... jugar con él. —Por los dioses.

—¿Cómo has acabado aquí? —me preguntó.

Estuve a punto de echar el vino por la nariz.

—Mm... Hace unos años, cuando mi pueblo fue atacado, yo era un poco mayor de lo que eres tú ahora y sabía luchar. Junté a la gente y luchamos y por fin ganamos, pero con pérdida de vidas. Incluida la de mi hermano. Me echaron la culpa. Eso me hizo daño. Digamos que perdí el rumbo durante un tiempo y al final me hice a la mar.

—¿Eres pirata?

—Podríamos llamarlo así. —Sí, podríamos, y sería cierto. Básicamente.

—Eso quiere decir que robas, ¿no?

—Podríamos llamarlo así. —Vale, eso también sería cierto.

—¿Cómo se llamaba tu hermano?

—Lyceus.

—Yo te recuerdo a él, ¿verdad?

—Sí. —A lo mejor no es una niña de verdad. A lo mejor es una hechicera.

—¿Vas a dejar que me quede contigo?

La miré por encima del borde de mi copa. Esto suponía un compromiso, ocuparme del bienestar de esta niña. Sí, me había visto matar, pero ¿tenía idea de lo que estaba pidiendo?

—Deja que te diga unas cuantas cosas. Esta vida no es fácil, en este barco, siempre viajando, corriendo peligro. Y yo no soy una persona alegre, me siento mal por mi pasado y no soy una compañía muy divertida. Puedo ser de lo más desagradable y puedo pasarme días enteros en silencio y hace mucho tiempo que no me trato con niños.

—No soy una niña, Xena. Y podría marcharme cuando quisiera.

—Sí. Te encontraría un lugar donde estuvieras a salvo. —Aunque no se me ocurría ninguno así de repente. ¿Y si la enviaba con mi madre? Ja.

—Quiero intentarlo.

—¿Por qué?

—Porque quiero correr aventuras. Y quiero estar contigo.

Y así, sin más, mi vida cambió.

Gabrielle duerme profundamente en un colchón en el rincón de mi camarote. Estoy agotada. Demasiadas reflexiones. Debería irme a la cama.


Al día siguiente

Me desperté esta mañana con una niña preciosa en los brazos. No sabía cómo había llegado ahí y por un momento perdí por completo la noción del tiempo y el espacio. Gabrielle, recordé. Se debió de meter en mi cama durante la noche. Abrazarla era una sensación maravillosa. Sentía una apacible corriente de alegría por dentro. Me recordaba a la gatita que tuve de pequeña, el gusto que me daba despertarme con ella dormida encima de mí. Porque si algo tan puro podía confiar en mí, yo no podía ser tan mala. Sí, ya, Xena de Anfípolis no podía ser tan mala. Había pueblos que se habían rendido al instante nada más oír el nombre. Qué bien le olía el pelo. Aspiré y suspiré y me di cuenta de que iba a tener que encontrar una forma de eliminar mi deseo. Jamás me aprovecharía de una situación como ésta, eso lo sé, pero imaginarlo siquiera es una tortura. Y lo sé porque ya lo creo que lo pensé. Los ruidos que hacía al dormir, su cuerpo que se movía pegado al mío mientras suspiraba, se daba la vuelta y se hundía aún más entre mis brazos. Su delicadeza me provoca ternura y con la ternura llega el amor y, bueno, ya sabemos dónde puede acabar eso. No sería mejor que los amos de esclavos, bueno, no mucho mejor que ellos.

Se despertó sobresaltada.

—Soy Xena. Estás a salvo.

Gabrielle se volvió en mis brazos y me miró.

—Buenos días. Siento estar en tu cama. Es que... me sentía sola.

—No importa —dije—. Yo también me siento sola a veces. Vamos a desayunar.

Había oído que traían mi desayuno por el corredor, pero para ella fue como magia cuando el cocinero entró con la bandeja de bollos recién hechos y zumos. Se le iluminó la cara al verlo y comimos juntas en la cama. Me daba igual lo que pensara mi cocinero.

—Oye, Xena —preguntó tanteando el terreno—, ¿estás de buen humor?

—Sí —dije, alargando la palabra para que se diera cuenta de que así y todo debía tener cuidado.

—¿Has conseguido mucho dinero como pirata?

—Mucho, diría yo. —Me sentía orgullosa. Había algo que se me daba bien y generalmente conseguía no matar a la gente al hacerlo.

—Se me ha ocurrido una idea... ¿te has planteado hacerte comerciante?

¿Comerciante?

—Ya sabes a qué me refiero, Xena. Si tienes suficiente dinero, suficientes bienes, pero quieres seguir navegando por el mundo y esas cosas, podrías comerciar.

—¿Por qué iba a querer hacer eso? Dominar los mares es lo que hago para controlar mis ganas de intentar dominar el mundo.

—¿Dominar el mundo?

No me puedo creer que dijera eso en voz alta. Por los dioses.

—Sí, a veces lo pienso.

Qué bien se me daba lo que hacía al apoderarme de las aldeas cercanas a Anfípolis. De qué forma tan natural asumía ese tipo de liderazgo, la estrategia, la táctica. La satisfacción y la emoción del combate. Hacia el final me empezó a dar miedo: disfrutaba demasiado al matar y tenía la sensación de que había una presencia malévola observándome cuando luchaba. La última aldea que ataqué fue donde conocí a César. De algún modo, M'Lila había conseguido que empezara a cuestionarme lo que hacía: ¿quién era yo para tener tanto poder? Me ayudó a curarme de mi soberbia y, sin embargo, todavía a veces recuerdo el gusto que me daba tener cientos de hombres armados a mi espalda, siguiéndome al combate. M'Lila me enseñó lo que el afán de poder le había hecho a César. Pero no me enseñó qué desear para sustituir lo que deseaba. ¿Qué podía sustituir al deseo de dominar el mundo?

Gabrielle comía y me miraba, como si supiera que me estaba haciendo pensar. Seguro que para ella soy un proyecto, como lo es ella para mí. Ya. Menos de veinticuatro horas y siento que tengo que responder ante ella.

—No quieres que sea pirata.

—Justo.

—¿Preferirías que comerciara con bienes, que navegara por el mundo vendiendo especias y seda e intercambiando marfil por diamantes?

—Marfil no. Pero sí.

—Claro que marfil no. No podemos hacer daño a los elefantes, ¿verdad? ¿Por qué?

—Pues porque quiero estar contigo y no quiero estar con alguien que roba.

Y ésa es la historia de cómo Xena de Anfípolis se convirtió en comerciante de artículos exóticos.


Dos meses después

He estado muy ocupada. Convertir un barco pirata lleno de piratas en un buque mercante relativamente respetable lleno de marineros no es tarea fácil. Y no pensemos en los años que harán falta para cambiar mi reputación. No he terminado en absoluto, pero tengo esperanzas. Las cosas han adquirido cierto ritmo en mi vida con Gabrielle. Me despierto cada mañana con ella acurrucada en mi cama, desayunamos y la escucho mientras habla. Me ocupo de mi tripulación y ella escribe. Hace poco le di una lista de cosas que estaba dispuesta a enseñarle y eligió aprender a hablar y leer latín y a defenderse con una vara. Pasamos las mañanas entrenando en cubierta: mis hombres han aprendido a la fuerza a mantenerse apartados. Comemos y descansamos un rato y de ahí pasamos despacio a nuestras lecciones de la tarde. Luego yo me ocupo de mis libros de contabilidad o de mis mapas o de las cosas que hacía antes de contar con su compañía. Y Gabrielle escribe. Después de cenar hablamos y ella me lee sus historias. Es buenísima y muy divertida. A veces, por la noche, le enseño cosas sobre las estrellas, conceptos sencillos de navegación. No es una vida muy emocionante, pero me siento bien todos los días.

Esta tarde estábamos pescando desde la borda del barco. Hacía un tiempo estupendo y la pesca iba bien.

—Tengo que decirte una cosa —dijo.

—Pues dímela —dije.

—Te mentí sobre mis padres. No están muertos.

—¿No?

—No. Intentaron salvarnos, pero no se esforzaron hasta el punto de que los mataran. No pude culparlos por no querer morir. Cuando te vi, supe que debía ir contigo. Tenías un resplandor. No sé explicarlo. Era como si destacaras por encima de todas las demás personas que había en el muelle, eras lo único que veía. Quise decirte la verdad entonces, pero pensé que no me llevarías contigo si lo hacía. ¿Estás muy enfadada?

—Qué va —dije, revolviéndole el flequillo y sonriéndole—. ¿Enfadada contigo? Jamás.

Justo entonces algo agarró su cebo, por lo que no estaba mirándome a la cara cuando caí en la cuenta: esta niña es mi alma gemela. ¡Por los dioses del Monte Olimpo!

Voy a hacer que escriba a sus padres para decirles que está bien. Se ha escapado. Dioses. Justo entonces me doy cuenta: a ninguna de las dos se nos ha pasado por la mente la posibilidad de que ahora la vaya a enviar a casa.

Mañana vamos a atracar en Argos para la fiesta del Solsticio. Gabrielle no habla de otra cosa desde que uno de mis marineros se lo comentó. Hasta yo estoy deseándolo.


Tres días después

He pasado los últimos días lo bastante sobria como para estar pendiente de Gabrielle. He dejado que me lleve y me traiga por toda la fiesta, probándolo todo una vez y las cosas que más le han gustado dos o tres veces. Hemos comido manjares del mundo entero, hemos comprado en todas partes. Aunque resulta que Gabrielle tiene un don para el regateo, así y todo nunca en mi vida he gastado tanto dinero en tres días. Salvo en armas. Cientos de dinares en ropa para ella, plumas caras y hojas de papiro de Egipto, ¡hasta algunos juguetes! Pero el dinero no es como la cara que se le pone al ver algo que le parece precioso. Y a Gabrielle casi todo le parece precioso.

Anoche, ya tarde, estaba muy borracha y enfrascada en una partida de dardos cada vez más encarnizada para ganar los dioses sabrán qué para ella. Por el rabillo del ojo vi que uno de mis contrincantes le ponía la mano a Gabrielle en la cadera. Un segundo después estaba de rodillas, con el flujo de sangre al cerebro cortado de repente. Me planté ante él, conteniendo apenas mi rabia, y dije:

—Se pregunta antes de tocar a una mujer, cretino, y nunca más vuelvas a pensar siquiera en ésta.

Asintió. Solté el pellizco y se desplomó en el suelo de la taberna. Yo seguía temblando de rabia y le pegué una patada brutal en el estómago. Noté la mano de Gabrielle que me tocaba el brazo suavemente y advertí que todos los presentes en la taberna me estaban mirando.

—Los estás asustando. Venga, vámonos —susurró Gabrielle.

Dejé de golpe un puñado de dinares en el mostrador y nos dirigimos rápidamente a la puerta.

Un hombre muy borracho me dijo al pasar a su lado:

—Lamento el comportamiento de mi amigo. Jamás la habría tocado si hubiera sabido que era tuya, Xena.

Pasé de largo y bajé por la calle tan deprisa que Gabrielle tuvo que echar a correr para alcanzarme.

—¡Xena! —Me agarró de la muñeca para detenerme y la miré—. Cálmate, Xena. No me ha hecho nada.

—Eso ya lo sé. Es que no me gusta la idea de que alguien así piense siquiera en ti.

—¿Por qué? —preguntó, mirándome atentamente a la luz de la luna.

Mis ojos contemplaron el cielo nocturno en busca de una respuesta a esta pregunta.

—Siento... me siento como tu protectora y no quiero que nadie te toque así hasta y a menos que tú lo desees. De hecho, te juro que me voy a asegurar de que no ocurra.

Me dedicó una de sus sonrisas más afectuosas y me cogió de la mano. Señaló las constelaciones que reconocía mientras regresábamos despacio al barco.

Nos echamos en la cama para dormir, mi cuerpo pegado a su espalda, mi brazo alrededor de su cintura. Noté que su mano cubría la mía, que tenía apoyada en su estómago.

—Te quiero, Xena —susurró.

Se me paró el corazón. No dije nada. Me pellizcó el dorso de la mano.

—¡Ay!

—¿Tú no me quieres, Xena?

—Sí.

—Pues, por favor, responde como es debido.

Me eché a reír y le di un beso en la cabeza.

—Yo también te quiero, Gabrielle.

—Así me gusta. Gracias.

—Duérmete —dije. Lo hizo enseguida.

Hoy era nuestro último día en la fiesta. Fuimos a todos los lugares preferidos de Gabrielle una última vez. Por la mañana levamos anclas. Todavía no he decidido un destino.


Seis meses después

Hemos estado muy ocupados. Demasiado contenta para atreverme a analizarlo. El comercio nos va bien. Hace poco conocí a un hombre en Atenas llamado Salmoneus. Vendía muchos artículos especiales y contaba historias muy divertidas. Hemos vendido sus cantimploras y mochilas por todo el Mediterráneo. Le contó a Gabrielle historias nuevas sobre el héroe Hércules, que ella ha contado a su vez por todos los sitios donde hemos estado, lo mismo que las historias de nuestras aventuras más emocionantes. Yo capturo tratantes de esclavos y en lugar de matarlos, los mando a la cárcel y ella me describe como a una heroína. Imagínate. Pero lo más importante es que mi pupila se está convirtiendo en una bardo estupenda y me siento orgullosa. Nos dirigimos a Egipto. Gabrielle está que no cabe en sí de la emoción. No para de hablar de la gran biblioteca de Alejandría. Reconozco que la última vez que estuve en Alejandría, me sentí mucho más atraída por la reina que por sus libros. De hecho, no recuerdo haber salido de la cama de Cleopatra una sola vez durante mi estancia. He enviado un mensaje por delante para decirle que vamos a hacer uso de su ofrecimiento de hospitalidad. Todavía no se lo he dicho a Gabrielle. La biblioteca ya es suficiente emoción por ahora.

Mi Gabrielle es, por supuesto, una alumna ejemplar. Ya habla latín y es muy hábil con la vara. Por supuesto, no parará hasta que domine ambas cosas, así como el combate a espada y los diversos idiomas de Galia y Chin. Yo nunca he tenido el afán de conocimiento que tiene ella. Cuando tenía su edad, de eso sólo hace unos años, pero es como si hubiera pasado una eternidad, quería jugar. Correr, pescar y pelearme con mis hermanos. No quería aprender nada nuevo ni ir a ningún sitio concreto. La historia me daba igual, no pensaba en el futuro.

Estoy deseando enseñarle Egipto, como si su belleza y majestuosidad fueran creación mía. Todo lo que le enseño hace que me sienta un poco así, como si por el mero hecho de presentárselo, me convirtiera en parte de su esplendor.


La semana siguiente, en Egipto

Gabrielle casi se hizo pis encima cuando averiguó dónde nos íbamos a alojar. Se puso su vestido de seda preferido para conocer a la reina de Egipto: de color verde claro y al estilo de Chin, le sentaba muy bien. Por decirlo suavemente. Estaba bronceada, fuerte y bella, con el largo pelo suelto por la espalda, y de repente supe que despertaría el interés de Cleopatra. Bueno, yo había jurado proteger su honor y lo haría con orgullo hasta el momento en que ella dejara de desear mi protección. Lo único que espero es que ese momento no llegue mientras estemos en Alejandría.

La sala del trono de Cleopatra es inmensa y espaciosa y tiene un balcón que da a todo lo que abarca la vista durante kilómetros. Los ojos de Gabrielle se posaron en la reina y ahí se quedaron. Me incliné con una sonrisa irónica y las presenté.

—Cleopatra de Egipto, Gabrielle de Potedaia.

Gabrielle se inclinó y murmuró no sé qué sobre que era un honor. Vi que la reina admiraba las curvas de mi joven bardo bajo la seda de su vestido y noté tanto como vi el rubor de Gabrielle.

Cleopatra estuvo flirteando sin piedad con las dos durante toda la cena. Bebimos algo que tenía más alcohol de lo que me imaginaba y poco después de cenar Gabrielle se quedó dormida sobre un montón de cojines. Cleopatra salió conmigo al balcón para mirar las estrellas. Nos quedamos contemplando el cielo en un silencio incómodo y deseé estar un poco más sobria.

—Es muy especial —dijo Cleopatra, mirándome a los ojos para captar mi reacción. No tuve ninguna.

—Sí que lo es.

—¿Te acuestas con ella?

—No. ¡Sólo tiene trece años, por todos los dioses!

—Edad suficiente. En serio, Xena. Me acuerdo de cuando tenía trece años. ¿Tú no?

Hacía meses que alguien no tonteaba conmigo de esta forma. No me desvié del tema.

—Estará lista cuando ella diga que lo está y no antes. E incluso entonces, sólo será mía si ella lo decide así.

—¿Y quién no querría ser tuya de tener esa oportunidad? —susurró Cleopatra, pegando sus pechos a los míos y acariciándome suavemente los brazos con las manos. ¿Cómo había dejado que se acercara tanto a mí? No podía negar que la deseaba, deseaba tomarla ahí mismo, en el balcón, a la luz de la luna, para que toda Alejandría oyera sus gritos de éxtasis. Pero sentía a Gabrielle dormida dentro de la habitación como si estuviera durmiendo encima de mi pecho. Cada vez que tomaba aliento, sentía el peso de su amor y en realidad era una presión mayor que la del cuerpo cálido y deseoso de Cleopatra pegado al mío. Oí que Gabrielle se movía y me aparté de la reina.

—¿En otra ocasión, tal vez? —susurré.

De vuelta en nuestra habitación, Gabrielle estaba totalmente despierta y borracha como no la había visto nunca. Y estaba enfadada.

—¿Qué te pasa?

—Pues que... Olvídalo. Da igual.

—¿El qué?

—¿Es que es asunto mío? —preguntó acaloradamente, clavándome la mirada—. ¿Es asunto mío lo que tú hagas?

—Sí, claro que lo es.

—¿La has besado?

—¿Que si he qué?

—Que si la has besado. Ya me has oído. ¿Has besado a la reina de Egipto?

—No —susurré.

—¿Por qué?

—Porque no he querido. Hala, ya tienes la respuesta.

—¿No has querido? No te creo. Te acostaste con ella en otro tiempo. No lo niegues. ¿No es eso lo que tenías planeado? ¿Mandarme a ver las pirámides mientras tú te pasabas el día en su cama?

La miré. Nunca la había visto tan furiosa.

—No —dije.

—¿Por qué no la has besado?

—Porque mi corazón pertenece a otra persona y ya no permito que mi cuerpo actúe aparte de mi corazón.

Se hizo un silencio espeluznante.

—Por favor, di que me pertenece a mí —susurró.

—Así es —susurré y la abracé estrechamente—. Pero te prometo que mi cuerpo no necesita nada salvo que estés cerca.

—Te quiero tanto, Xena, que a veces no sé qué hacer con ello.

—Cuando lo sepas, te prometo que aquí estaré.

Las cosas estuvieron mucho más tranquilas durante el resto del viaje, ahora que todo el mundo sabía cuál era su puesto en relación a mi afecto. Al final, resultó que la gran biblioteca me fascinó a mí casi tanto como a Gabrielle y nos pasamos horas en el enorme edificio lleno de corrientes, devorando antiguos mapas y poesía. Me convenció para que causara una distracción mientras ella ocultaba uno de sus propios pergaminos en una pila de otros con el letrero de Relatos de la Grecia Contemporánea. Ahora puede decirle a la gente que su obra forma parte de esa colección, me explicó, riendo.

Las pirámides, por supuesto, inspiraron su creatividad. Poesía, al parecer, y mucha. Pasamos horas caminando por el desierto y no recuerdo cuándo fue la última vez que estuve tantos días seguidos en tierra firme. Es una sensación extraña. Las puestas de sol que hay aquí son increíbles. Casi me va a dar pena marcharme, pero me he puesto al día con Cleopatra y hemos quedado en paz: es hora de seguir adelante.


Tres meses después

Desde Egipto las cosas han vuelto a entrar en una rutina. Comer, estudiar, escribir, entrenar, pescar, hablar, trabajar, comer, leer, dormir. Pero no lo siento como algo rutinario. Siento, por primera vez, que tengo una vida real, que las cosas tienen sentido. Estoy orgullosísima de Gabrielle: habla perfectamente tres idiomas y es casi comparable a mí con la vara. Me obliga a cuestionarme todo lo que pienso y luego escribe historias sobre ello. Y me hace tan feliz. Sólo por estar con ella. No sé explicarlo, pero lo acepto con alegría.

Hace unas semanas descubrimos que había un concurso de bardos en un pueblo y arrasó. Al verla subida a ese escenario, con el público embelesado por sus palabras, sentí por ella lo que ya había sentido ante la posibilidad de enseñarle las pirámides: que era extraordinaria y que por haberla traído aquí a competir, de algún modo yo formaba parte de su éxito.

Fue esa noche cuando averiguó que se iban a celebrar pruebas para ingresar en la Academia para Bardos de Atenas, que al parecer es el mejor sitio del mundo para estudiar, cosa que nunca hasta ahora se había atrevido a soñar. No sé qué necesita estudiar: mi Gabrielle ya es increíble. Pero yo no sé nada sobre estas cosas. Si quiere competir, si quiere estudiar en Atenas, es decisión suya. No puedo impedirle que persiga sus sueños, por mucho que entren en conflicto con los míos. No puedo.


Un mes después

Se marchó a Atenas hace una semana. No puedo echárselo en cara y no lo voy a hacer. No es culpa suya que el sol se apague cuando ella no está aquí, que la música sólo sea ruido, que los arco iris no sean más que simples colores en el cielo, que me dedique a escribir cursiladas románticas en mi cuaderno de bitácora. La echo de menos. Echo de menos las trencitas que me hacía en el pelo cada mañana, la cara que se le ponía cuando intentaba ocultarme un secreto. Hoy he recibido su primer mensaje. En latín.

Querida Xena:

Sorpresa: ¡estoy dentro! De hecho, obtuve el primer puesto en el concurso. Seguro que estás pensando que eso no es tan sorprendente, pero de verdad, para mí sí. Porque había bardos de todo el mundo, Xena, gente absolutamente preparada y con experiencia. Me sentí orgullosa de mí misma por ti.

Esto es muy emocionante. Pasan cosas todo el tiempo y las clases empiezan mañana. He conocido a gente muy simpática, bueno, a unos chicos, en realidad. ¡De hecho, soy la única mujer de toda la academia! No es justo que haya tantas mujeres que no tienen la oportunidad de llevar una vida interesante como nosotras. ¿Qué podemos hacer para cambiarlo?

Todas las historias que he contado hasta ahora tratan de ti. Me ayuda a sentir que estás aquí y me recuerda que no estás. Echo de menos despertarme contigo y entrenar contigo y hasta pescar.

Te quiero, Gabrielle

Y hasta pescar. Mi nueva actividad preferida consiste en quedarme sentada en la cama bebiendo y jugando a los dardos. Podría ir a Atenas. Vivir allí un par de años mientras ella termina sus estudios. Pero la idea de vivir en una casa tiene algo que me resulta incómodo. ¿A qué me dedicaría? Necesito seguir moviéndome. Cuánto la echo de menos. Ahora que no está, me pasan por la mente constantemente imágenes eróticas de ella. Y no paro de decirme que esto es precisamente lo que necesitábamos que ocurriera. Ha salido al mundo, rodeada, eso sí, de chicos. Así podrá tomar una decisión más informada. Sé que ahora habrá menos probabilidades de que me elija a mí, pero si al final me elige, también me sentiré menos culpable. De modo que bebo, y beber, me permito recordaros, no es un crimen. Al menos aquí.


Un mes después

Estoy convencida de que por fin he terminado el mejor juego de mapas de las tierras que rodean el Mediterráneo que ha existido jamás. Cada centímetro está dibujado a la perfección, con una clave que describe las condiciones de la tierra de cada zona. Tendrán que tener una utilidad que no sea la guerra. Hasta que averigüe cuál es, los mantendré ocultos. Pero me dan una sensación de triunfo y puedo escribir a Gabrielle contándoselo.

Esto lo recibí ayer de un barco pesquero:

Queridísima Xena:

Hace poco nos pidieron que escribiéramos un poema sobre la belleza. Esto fue lo primero que se me vino a la mente. Por favor, escribe pronto y dime que estás bien.

en la profundidad de la noche
nos sentábamos bajo un campo de negrura centelleante
la luna iluminaba mis pergaminos
y yo te leía
con tu perfil contra el cielo
ansiaba dejar correr mi mirada sobre ti
y últimamente debo confesar que
mientras escribo, memorizo mis palabras:
mis ojos se malgastan en un pergamino cuando tú estás cerca
así que recito despacio de memoria
y te miro durante horas

Para siempre, Gabrielle

Es evidente que el poema trata de mí. Y cuanto más lo leo y más bebo, más pienso que tal vez trata de alguien a quien ha conocido allí. Tal vez intenta decirme algo. Tal vez tengo problemas con la bebida. Al menos no estoy matando gente. No me veis matando gente, ¿verdad? Pues estonces está bien. Le contestaré y no mencionaré el poema. Con eso bastará.


Tres meses después

Hace poco me encontré con Salmoneus. Estaba huyendo de un señor de la guerra con el que había hecho un trato poco limpio. Estuvo viajando conmigo unas semanas. No sé por qué me cae tan bien este hombre. Bebimos mucho y le gané todo el dinero en una partida de cartas que duró toda su visita. Hablamos de nuestra vida, de los lugares donde habíamos estado y de cómo era el vino de esos sitios. Conseguí no pensar tanto en Gabrielle. Pero la tristeza soterrada de este hombre me dio que pensar. Una persona tan agradable como él sin nadie a quien amar. A lo mejor es que no lo consigues si no lo buscas. Cuánto la echo de menos.


Dos semanas después

Esta mañana una paloma mensajera trajo noticias de Gabrielle. Va a cumplir catorce años y quiere que yo esté allí. La invitación llega en el momento justo: estaba a punto de venirme abajo. Hace más de cuatro meses que no la veo y me parece una eternidad. No le voy a decir que voy a ir. Apareceré de repente en la academia como si fuera la gallarda heroína que ella pinta: es lo que se esperan, tal vez incluso lo que ella se espera. ¡Dioses, tengo que comprarle regalos! Cuántas cosas quiero darle. Con prácticamente cada cosa que veo, pienso: Esto le encantaría a Gabrielle. No veo el momento de estar con ella.


Dos semanas después, en Atenas

Escribo desde el balcón de mi increíble habitación en la mejor posada de Atenas. La cama más inmensa que he visto en mi vida y una bañera enorme de azulejos incrustada en el suelo. Como si fuera lo que soy, una acaudalada comerciante de vacaciones. Para ser sincera, cuando me imagino a mí misma, me veo con quince años, fuera de la taberna de mi madre. Soy alta y flaca y estoy cubierta de mugre y sangre, jadeando después de practicar esgrima con mis hermanos. Agotada y rebosante de energía, preguntándome qué voy a hacer con ello. ¡Sí, una comerciante acaudalada! Pero la habitación es maravillosa.

Tengo para Gabrielle más regalos de los que se podría merecer nadie. Estará feliz de que haya dedicado tanto tiempo a hacer compras. Como si fuera una señal de que me va bien sin ella. Mañana es su cumpleaños y sus amigos le van a hacer una fiesta por la noche. No veo el momento de estar con ella. ¿No he escrito eso ya?


Atenas, dos días después

Me desperté al amanecer el día del cumpleaños de Gabrielle. Hacía años que no tenía motivo para vestirme persiguiendo un efecto concreto, pero este día era distinto. Iba a entrar en la nueva vida de Gabrielle, a conocer a sus nuevos amigos, con la esperanza de no quedar mal comparada con toda esta novedad y emoción. Opté por un sutil y elegante aire de pirata: botas negras de cuero hasta el muslo, pantalones negros de cuero, la espada colgando del cinto. Me puse una de las camisas de seda que había encargado años atrás expresamente a juego con el color de mis ojos: al menos me debo felicitar por haber comprendido siempre la importancia de sacarse a uno mismo el mejor partido.

Cuando llegué a la academia, parecía que el día estaba ya muy avanzado. ¿Cuántas veces me había cepillado el pelo? Hacía una mañana gris y todo parecía relucir en contraste con ese gris. Supe que ella estaba cerca porque empezaba de nuevo a ver los colores. Pensé que todavía estaría en su habitación y decidí encontrarla por mi cuenta. De modo que capté su olor en la brisa, seguí su rastro hasta un gran edificio de piedra y trepé por la pared hasta meterme en lo que esperaba que fuese su cuarto.

Seguía dormida y al verla estuve a punto de caerme por la ventana. El azul de la cortina que acababa de cruzar teñía la habitación de sombras y el cuerpo desnudo de Gabrielle prácticamente relucía echado en la cama. Era aún más preciosa de lo que recordaba, tan preciosa que creí que me iba a estallar el corazón.

—Gabrielle —grazné. Se movió. Repetí su nombre y se incorporó de un salto en la cama, tapándose con la sábana. Entonces me vio y la expresión que se le puso no tuvo precio. Chilló mi nombre y me agarró, echándome en la cama y cubriéndome la cara de besos. Intenté desearle feliz cumpleaños, pero no conseguía pronunciar palabra por la risa. Fue una de esas reuniones que de repente hacen que la separación parezca un simple medio para llegar a este fin. Sus ojos relucían de emoción.

De repente, hubo un estrépito en la puerta de su habitación y cuatro adolescentes entraron en tromba.

—Gabrielle, ¿estás b...? —empezó a decir uno antes de asimilar la escena: Gabrielle, envuelta en una sábana, sentada sobre el estómago de otra mujer, chillando y dándole besos en la cara. Todos a una, los chicos se sonrojaron y se pusieron a farfullar que habían visto a alguien trepar por su ventana y no se habían dado cuenta de que era yo, aunque ahora parecían saberlo por instinto. Nos sentamos, ella se envolvió bien en la sábana e hizo las presentaciones formales. Aunque yo misma hacía muy poco que había salido de la adolescencia, los chicos de esa edad tenían ahora tan poco interés para mí como siempre, pero estaba claro que estos cuatro apreciaban a Gabrielle, por lo que me esforcé por caerles bien. Aunque creo que probablemente los asusté un poco. Cuando estuvieron seguros de que ella estaba bien y le hubieron entregado el ramo de flores que se les había caído en el pasillo por las prisas de entrar a protegerla, le desearon feliz cumpleaños y se fueron.

—Bueno —dije—. Eso ha tenido su gracia.

—Nunca he tenido un cumpleaños que empezara con tantas emociones —dijo Gabrielle.

Silencio. Nos quedamos sentadas en el borde de la cama, cogidas de la mano. De repente, sólo sentí la intensidad de su piel contra la mía: los puntos donde sus dedos me tocaban la mano estaban ardientes. Un ardor que conectaba su mano con mi corazón. Era terrorífico y emocionante, exquisitamente delicado. Nunca había sentido una cosa igual. Era como magia. Pasó el rato. No lograba que el corazón me palpitara normalmente.

—Xena —susurró—, tú también lo sientes, ¿verdad?

—Sí —susurré, contemplando nuestras manos posadas en la cama entre las dos. Todo me dio un vuelco cuando dijo mi nombre. Levantamos la vista y nos miramos a los ojos al mismo tiempo. Sentí un amor tan poderoso que fue como si me hubieran golpeado en el pecho con un ariete y sí, he pasado por eso, así que sé lo que se siente—. Te quiero más de lo que he querido jamás a nadie ni a nada —susurré despacio, con los ojos clavados en los suyos.

—Xena —susurró—, ¿es ahora cuando nos besamos?

—¿Sí? —susurré con una seguridad que no sentía.

Con una cara absolutamente seria, Gabrielle se acercó hasta que nuestros muslos se rozaron, sin dejar de sujetarme la mano, que ahora descansaba sobre su muslo caliente, con los nudillos ardiendo contra su piel. Se inclinó hacia mí y yo hacia ella y nuestros labios se juntaron. Nuestro primer beso fue vacilante, pero de una potencia salvaje. Sus labios eran suaves y calientes, como si ya llevara horas besándolos. Cuando supimos que ninguna de las dos se iba a echar atrás, nuestros besos se hicieron más apasionados, más sensuales. Le sujeté las manos, las dos ahora, en su regazo, y rocé sus labios con la punta de la lengua. La punta de la suya se encontró con la mía y noté que se estremecía. Yo me sentía como si estuviera flotando y ardiendo al mismo tiempo. Era una sensación absolutamente increíble.

—Quiero estar contigo para siempre —susurró Gabrielle.

Sus palabras me excitaron. No estaba preparada para la clase de intensidad que hace necesaria esta clase de sinceridad, pero al deslizar mis brazos a su alrededor y acercar su cuerpo, la sensación de la piel de su espalda bajo mis manos, su aliento en mi cuello, fue mejor de lo que jamás me había imaginado que pudiera ser algo.

—Quiero que no me dejes ir jamás —susurró.

—Jamás.

Seguimos así sentadas un rato más, con los sentidos hormigueantes y la sangre corriendo por nuestras venas como si la persiguieran. No me esperaba que fuera a ocurrir esto. En esta primera media hora había jugado mi baza casi completa: le había dicho que la deseaba y me había declarado suya para siempre. Adiós a la idea de no presionarla. Volvía a ser esa niña que creía ser un chico, demasiado abrumada por la emoción para imaginarse entrando en acción. Nos prometimos que seguiríamos besándonos más tarde y salimos al día.

El cielo de primera hora de la tarde estaba oscuro y el viento agitaba los árboles. Llovería dentro de nada, pero estábamos en Atenas, así que siempre habría algún sitio donde guarecernos de la tormenta, siempre y cuando el precio no fuera un impedimento. Caminamos cogidas de la mano por las calles de una ciudad que yo ya había visto, pero no con ella. Con el tiempo había averiguado que añadir a Gabrielle a cualquier situación la mejoraba por mil, y aunque empezaba a acostumbrarme a la sensación nueva de tenerla cogida de la mano, me seguía resultando embriagadora por lo correcta que me parecía. Todo soltaba destellos.

La lluvia empezó despacio: puntitos oscuros sobre su corpiño de algodón verde.

—¿Deberíamos buscar refugio, mi señora? —le pregunté.

Gabrielle me miró y se echó a reír. Nos quedamos plantadas en la calle cogidas de la mano y mirándonos mientras todo el mundo corría a guarecerse. Cuando la lluvía empezó a arreciar, levantó la mirada al cielo y contó hasta tres. Se puso de puntillas y pegó sus labios mojados a los míos, luego se dio la vuelta y se metió corriendo en una taberna, tirando de mí para que la siguiera.

Era un local diminuto, metido entre dos edificios más grandes, y éramos las únicas clientes. Había una barra que se extendía desde la parte de delante hasta el fondo, las banquetas situadas frente a la barra y poca cosa más. La parte delantera estaba abierta a los elementos y ocupamos las banquetas más próximas a la tormenta. Bebimos vino, cogidas de la mano, y hablamos durante horas. En algún lugar cercano, alguien se puso a tocar la flauta y la música seductora entró flotando con la brisa. De repente, la tuve en mis brazos y nos pusimos a bailar juntas en una taberna donde seguramente nadie había bailado desde hacía décadas. Habíamos consumido mucho vino y la música era arrolladora. El olor de su pelo me estimulaba todos los sentidos. Mi cuerpo guiaba sutilmente al suyo por la pequeña taberna bajo el ojo risueño y atento de la vieja camarera, y noté que me acaloraba al cobrar conciencia de que tenía a una mujer en mis brazos, no sólo a mi preciosa Gabrielle. A una mujer brillante y exquisita. La música se detuvo y nos quedamos allí juntas. No quería soltarla.

—¿Cuándo tenemos que estar en tu fiesta?

—Hace una hora o dos, creo —dijo, mientras las palmas de sus manos dejaban sus huellas ardientes en la piel de mi espalda.

—¿No deberíamos ir?

Su fiesta de cumpleaños fue completamente demencial. En la taberna todo el mundo la conocía y todos tenían algo maravilloso que decir o alguna historia que contar. Ella me llevaba por todas partes cogida de la mano como siempre, pero la sensación era distinta. Estaba descontroladamente enamorada de esta chica. Me pregunté si alguna vez había sido capaz de controlarlo.

En un momento dado me quedó claro que les había hecho una señal a sus amigos para que nos dieran intimidad. De vez en cuando pillaba a uno de ellos mirándonos y sonriendo. ¿Acaso había hablado de mí con sus amigos? ¡Dioses, qué panorama!

—¿Cuánto falta? —le susurré al oído.

—¿Por qué lo preguntas? —me susurró a su vez, con un destello pícaro en los ojos.

—Tengo... regalos... para ti —dije, atragantándome casi con las palabras. Sí, regalos.

—¿Qué clase de regalos? —susurró. ¡Estaba flirteando conmigo!

La miré muy seria y afirmé:

—Regalos personales. Y te va a encantar mi habitación.

—Creo que será mejor que vayamos —dijo, y salimos a escondidas por la parte trasera de la taberna.

Caminamos hasta mi posada. Me fue indicando más cosas: la tienda donde compraba sus plumas y el lugar donde hacían las mejores hojas de parra rellenas. Me pregunté cuándo tenía tiempo de estudiar. Me pegó un puñetazo en broma. Le pasé el brazo por los hombros y seguimos caminando.

Por supuesto, le encantó el esplendor hortera de mi habitación: el remate dorado que había por todas partes, las gruesas cortinas de terciopelo, los alegres tapices que cubrían las paredes. Yo estaba nerviosa por tenerla allí. Todo me parecía diferente. Deseé que pudiéramos estar de vuelta en el barco.

—Esto me resulta muy raro —dije.

—A mí no —dijo ella—. Me parece maravilloso volver a estar contigo.

Se acercó a mí y me cogió la mano. Nos besamos. Fue como si me derritiera.

—Es lo que deseas, ¿verdad, Xena? —susurró.

—Oh, sí —susurré a mi vez, estrechándola con fuerza contra mí y profundizando el beso para demostrarlo. Sus dedos me sacaron la camisa y se deslizaron por debajo, acariciándome la piel ligeramente y provocándome un estremecimiento. Sus labios irradiaban calor junto a mi oreja.

—Me has esperado, ¿verdad? —susurró, moviendo las manos de mi espalda a mi estómago.

—Claro que sí —susurré. Sus manos me daban tal placer que tuve que obligarme a no apartarme. Me lamió la oreja.

—Yo también te he esperado —susurró, volviendo a posar su boca sobre la mía para besarme—. Ha sido fácil.

—Fácil —susurré, manteniéndome en pie a duras penas cuando se dobló por la cintura, me levantó la camisa y pegó los labios a la carne de mi estómago. Sentí que me temblaba el cuerpo y casi no me sostenía en pie—. Por favor —susurré—. Más despacio.

Se irguió, me miró a los ojos y me dedicó una sonrisa tan cálida como el sol de mediodía.

—¿En serio? —preguntó, incrédula.

—Gabrielle, desde el primer momento en que te vi, supe que para mí no había nadie más. No dudes de que te deseo. Es que... ¿tal vez podríamos ir despacio?

Que sabía que yo la deseaba fue evidente cuando la miré a la cara. Y ella me deseaba tanto y y de una forma tan auténtica que el retraso no hacía más que aumentar su placer. Al ver su bonita y pícara sonrisa ahora teñida de lujuria no pude soportarlo y la besé de nuevo, enredando mis manos en su pelo.

Sacamos un sofá inmenso al balcón y nos quedamos allí echadas durante horas. Bebimos vino y abrimos regalos de cumpleaños y hablamos de todas las cosas sobre las que nunca hasta entonces habíamos hablado. Era como si todo fuera diferente y todo fuera exactamente igual. Como tenía que ser, como siempre había sido. Es difícil de describir. A lo mejor es que nunca hasta ahora he estado enamorada.

De modo que me preguntó cómo supe inmediatamente que ella era la elegida para mí.

—Había una señal.

—¿Una señal?

—En el cielo encima de tu cabeza. —Hice un gesto señalando la zona.

—Descríbela —dijo. Estaba comiendo cerezas y uvas de un cuenco enorme de plata y escupía las pepitas en una maceta cercana.

Aún lo veía en mi mente.

—Flotaba en el cielo encima de tu cabeza, una flecha roja, enorme y gruesa, que te señalaba, y en ella ponía "Xena" con letras doradas.

—¿En serio?

—Gabrielle, si me lo quisiera inventar, diría algo más creíble.

—Supongo que tienes razón. Es decir, te habrías fijado en esa enorme flecha roja que flotaba en el cielo aunque no llevara tu nombre.

—Supongo.

—Qué romántico.

—Bueno, tú dijiste que ese día yo relucía en el muelle.

—Eso lo dije para que no me mandaras a casa.

—Muy graciosa —dije.

Se acurrucó a mi lado y la rodeé con el brazo. Tenía la piel muchísimo más caliente en los puntos donde entraba en contacto con su cuerpo o con la ropa que lo cubría. Nos quedamos un rato contemplando el cielo.

—El cielo tiene otro aspecto en el mar —dijo.

—¿Cómo?

—No sé muy bien. A lo mejor es que parece más grande. A lo mejor porque no hay nada con que compararlo.

—Tal vez —dije.

—Creo que debería decirte ahora que tengo pensado marcharme de Atenas contigo.

—¿Qué quieres decir?

—Quiero decir que quiero estar contigo. Aquí lo he pasado bien, no lo voy a negar, pero no es como estar contigo —susurró—. No hay nada como estar contigo.

—Pero yo creía que esto era lo que querías hacer. No quiero interponerme entre tus sueños y tú.

—Que sí, que sí, que sí. Quieres que vuelva a vivir contigo en el barco. ¡Confiesa!

—Claro que quiero —dije—. Lo quiero más que nada. Estoy hecha polvo sin ti. Pero ¿y tus clases?

—Los chicos me pueden enviar cualquier cosa que valga la pena aprender.

—Veo que lo has estado pensando.

—Desde el primer día que llegué aquí.

Nos echamos a reír, nos besamos y forcejeamos un poco.

—¿Y qué quieres hacer, si no quieres estudiar para ser bardo?

—Toda clase de cosas. En primer lugar, está lo de ser bardo. Viajar por el mundo oyendo y contado historias. Como hacíamos antes, tal vez por tierra durante un tiempo. O incluso enseñar a las niñas a escribir... podríamos abrir una escuela para enseñar a las niñas todas las cosas que normalmente no llegan a aprender.

—Como esgrima.

—Pues sí. E historia y ciencias. O podríamos estudiar para hacernos sanadoras y algún día abrir un hospicio. Me gustaría estudiar las artes místicas. Tal vez aprender a leer el futuro por las estrellas...

—Todo eso me parece muy bien —dije, girándome para colocarme encima de ella—, siempre y cuando lo hagamos juntas.

—Bueno, ésa es la idea —dijo, tirándome del pelo para que le diera un beso. Me sujetó encima de ella mientras preguntaba—: ¿Y tú qué?

Sabía que me iba a preguntar eso y le di la única respuesta que se me había ocurrido:

—Ayudar a la gente. Estar contigo.

—Ésa es la mejor respuesta —susurró, besándome un poco más.

—¿Mejor que dominar el mundo? —pregunté.

—Mucho mejor.

Antes de abrir los ojos por la mañana, supe lo siguiente: que nos habíamos quedado dormidas en el sofá en el balcón, que iba a hacer calor y que la sensación del cuerpo de Gabrielle era totalmente distinta esta mañana. Se me ponía todo el cuerpo húmedo. ¿O era por el calor? Ya era imposible saberlo. Por primera vez en dos años, me desperté con ella en mis brazos y me permití sentir. La sensación de mis pechos pegados a su espalda era como si me los estuvieran sujetando. La rodeé mejor con mi cuerpo. No puedo ni describir el placer que me daba tocarla así.

Gimió y se estiró en mis brazos, pegando más su cuerpo al mío.

—Mmmmm, Xena —susurró Gabrielle, con la voz ronca de sueño—. Tócame.

Subí con la mano desde su estómago hasta su pecho y se lo apreté. Su reacción fue inmediata e intensa, arqueó la espalda contra mí y gimió mi nombre por lo bajo. Se volvió entre mis brazos y nos besamos vorazmente: ahora su mano estaba en mi pecho y me arrancó su nombre de los labios. Oí cómo se despertaba la ciudad debajo del balcón, los resoplidos de los caballos, la gente que se saludaba, ruidos y golpes mientras la gente instalaba el mercado en la plaza. El sol caía con fuerza sobre todo, incluidas nosotras, pero por alguna razón estábamos aisladas de todo aquello. Sus labios se posaron en mi cuello, sus manos me abrieron la camisa. El corazón me latía como si acabara de tirarme a un lago helado.

—Creo que me va a estallar el corazón.

Gabrielle se echó hacia atrás y me miró, sonriendo.

—¿Pero qué te pasa?

—Supongo que tengo miedo, ¿vale?

—Cuéntame.

—No quiero hablar de ello.

—Pues te aguantas. No tienes elección —dijo, mirándome de nuevo con esa sonrisa de adoración, condescendiente, misteriosamente seductora.

—¿Qué tal si lo adivinas y yo te digo si tienes razón?

Se echó a reír y subió un poco pegada a mí, de modo que todo su cuerpo quedó rodeado por mí y su boca se pegó a mi oreja. Susurró:

—Tienes miedo de entregarme esa parte de ti porque ya me has entregado todo lo demás. Tengo tu corazón y tu alma: si además tuviera tu cuerpo, tu vulnerabilidad, todo el poder sobre ti que me dará hacer el amor contigo, ¿no tendría todo lo que eres? ¿Qué quedaría para ti? ¿Y qué ocurriría si, una vez te tuviera, te poseyera, te hiciera sentir amada y aceptada, qué ocurriría si entonces me diera cuenta de que no eras lo que deseaba, una persona a quien pudiera amar de verdad como pensaba que podía?

—¿Cómo sabes todo eso?

—Porque yo siento lo mismo, Xena. Sólo me muestro segura porque sé que no lo vas a hacer. Para mí tú eres todas las estrellas del cielo. No hay nada salvo tú para siempre.

—Sabes que yo siento lo mismo.

—Sí. Somos almas gemelas, ¿verdad?

—Eso parece.

No sé por qué no puedo decirle que César fue la última persona con quien hice el amor, pero no puedo. Cuando me enteré más adelante de que realmente había planeado traicionarme aquella noche en alta mar, que me habría crucificado, me sentí cambiada para siempre. Fue como si todo lo que había creído sobre el amor y la bondad del mundo hubiera sido una necedad. ¿Cuántas veces puedes aprender que la confianza es igual a la traición antes de convecerte de que es cierto?

—No me voy a ver privada de todo lo que deseo porque tu último amante fuera un cretino —dijo Gabrielle dulcemente al tiempo que me empujaba hasta tumbarme y se sentaba delicadamente encima de mi estómago.

—¿Es que sabes leer la mente? Confiesa.

Gabrielle me sujetó las muñecas por encima de la cabeza y se puso a besarme el cuello.

—No, no sé leer la mente, simplemente te conozco. Escúchame. Hace un día precioso. ¿No notas el sol en la piel?

—Mmmm —contesté, notando el sol, pero también su pierna al colarse despacio entre las mías. Gemí.

—El sol da gusto, ¿verdad? Y yo doy gusto. Lo sé por la sensación que me produces tú. —Jadeó al empezar a cabalgar despacio mi cuerpo—. Qué gusto me das, Xena. Por favor, entrégate a mí.

Los trinos de los pájaros y los ruidos de la calle y el ruego jadeante de Gabrielle en mi oreja. Me liberé las manos y las puse sobre ella, acariciándole despacio la espalda, el cuello y el trasero, los costados y los muslos, el pelo. Y mientras la tocaba, mi cuerpo respondía a sus caricias, a sus profundos besos, al ritmo lento y constante que había emprendido entre mis piernas. Daba demasiado gusto. Tenía que rendirme al placer. En ese momento, supe que renunciaría a todo lo que tenía, a todo lo que era, con tal de seguir tocándola. Jamás me imaginé que pudiera sentirme así. Noté que se apartaba de mí, abrí los ojos y vi que se quitaba la camisa por encima de la cabeza y luego me miró, tan grande que tapaba el sol que tenía detrás.

—Soy tuya —susurré mientras mis manos subían por su prieto abdomen hasta sus pechos. Vi el cambio en sus ojos cuando lo dije y ahora que se le había concedido el deseo que llevaba en el corazón, la mujer era irrefrenable.

—Quítate la ropa —dijo. De modo que lo hice, y también le quité el resto de la suya y luego volvió a colocarse a horcajadas encima de mí, pegando húmedamente su centro desnudo a mi muslo. Era emocionante. Era irresistible.

Mirándola a los ojos, dije:

—Qué enamorada estoy de ti.

Su cara pasó de la pasión a la maravilla y de ahí al éxtasis al asimilar mis palabras, la expresión de mi cara y la firme caricia de mis manos sobre sus pechos. Cerró los ojos y siguió apretándose contra mí. Bajé las manos hasta sus caderas y la moví hacia delante y hacia atrás sobre la carne caliente de mi muslo, subiendo mi propio centro para pegarlo al suyo. Su cuerpo delicioso se balanceaba encima de mí y de repente, se inclinó hacia delante, me agarró los pechos y me besó agresivamente. El beso se convirtió en todo. Sentía su amor por mí en todos los puntos donde me tocaba y me di cuenta de que me caían lágrimas de los ojos. Me puso una mano en la mejilla y notó la humedad.

—¿Estás llorando? —preguntó en voz baja, mirándome a los ojos, sin dejar de sostenerme la cara con la mano.

—Tu forma de amarme es tan preciosa.

—Te prometo que jamás pararé —susurró.

Y seguimos haciendo el amor, despacio y sensualmente. El sol se abatía sobre nosotras y sus labios eran tan suaves y mis lágrimas seguían cayendo. Gabrielle se tumbó encima de mí y la envolví con mi cuerpo, posando las manos en su trasero para pegar su centro a mí, subiendo las caderas para encontrarme con ella. Me perdí en el calor del sol y en los gemidos de Gabrielle en mi oreja. Chupé y mordí ligeramente la piel de su cuello y el ritmo de su respiración me dijo lo a punto que estaba y yo llegué allí con ella, con todo mi cuerpo abierto como una flor. La mordí en el cuello para no gritar, pero mi Gabrielle no hizo nada por el estilo y la palabra "Xena", como un grito de pasión, levantó ecos por toda la plaza. La estreché contra mí con fuerza y me eché a reír al oír los aplausos y los vítores que se oían desde abajo.

Dijo jadeante:

—¿Eso es por mí o por ti?

—Pues por mí, evidentemente —dije, riendo con más fuerza.

—Qué curioso, creía que era por mí. —Y se acurrucó sobre mi cuerpo, con la boca pegada a mi cuello—. Bueno, no ha estado tan mal, ¿verdad?

—Ha sido maravilloso.

—Sí —dijo.

Eso fue hace unas horas. Gabrielle ha ido a cerrar sus asuntos en la Academia y yo llevo aquí sentada escribiendo desde entonces. Creo que no he escrito tanto en toda mi vida, pero tenía que dejar constancia de todo ello cuando aún lo tenía fresco en la mente. Tampoco es que pudiera olvidarlo jamás, pero por los dioses, por los dioses, ¡qué mañana, qué par de días! Es imposible describir con palabras lo que siento. Como si partes de mí que no sabía que existían ahora se sintieran libres. Mi forma de ver el mundo ha cambiado, una vez más, gracias a Gabrielle. Es un mundo de posibilidades, un mundo de amor.


Dos semanas después, en alta mar

La vida parece haber vuelto a lo que era antes, pero por supuesto, es totalmente distinta. Nos ocupamos de las necesidades de nuestro barco y escribimos y estudiamos y pescamos y hacemos el amor apasionadamente por lo menos tres veces al día. ¿Cómo sería posible no hacerlo? La mera sensación de saber que está en el mismo barco que yo aunque no la vea me excita, me llena de alegría. Todo lo que ocurrió en el pasado tiene tan poca importancia en comparación. Sé que algún día volveré para intentar hacer las paces con mi madre. Me da igual que César quisiera crucificarme: no lo consiguió y yo conocí a Gabrielle. Todas esas historias han acabado ya para mí.

Anoche, durante la cena, nos pusimos a hablar del tema de la fuerza espiritual y le dije que había oído hablar de personas capaces de realizar actos físicos asombrosos sólo gracias al poder de su mente.

—No son los actos lo que me interesa tanto como la génesis de esa capacidad para realizarlos —dijo. Tenía de nuevo esa expresión en los ojos, ésa que dice "tengo una idea y las dos sabemos que en realidad da igual lo que tú pienses porque de todas formas lo vamos a hacer".

—¿Sí? —pregunté, bebiendo un trago de mi vino y arrellanándome en la silla para oír el destino que tenía preparado para mí.

Se echó hacia delante muy emocionada y dijo:

—He oído hablar de una mujer de Chin que es la cortesana del señor de una de las grandes casas. Se dice que posee una sabiduría única. Quiero que vayamos a Chin e intentemos conocerla. ¿Qué te parece?

—Parece interesante —dije—. Es mejor que cazar cocodrilos en el Nilo.

Lo cual es mi forma indirecta de anotar en mi cuaderno de bitácora: "Hemos puesto rumbo a Chin", con la fecha y las condiciones climáticas, etcétera.

Anoche, más tarde, cuando hicimos el amor, los ojos de Gabrielle eran de un profundo verde oscuro y cuando me corrí, los miré y volví a perderme en ella, amándola aún más. Nos quedamos allí tumbadas jadeando.

—Yo podría haber sido cualquier cosa —susurré.

—Lo sé.

—¿Alguna vez te he contado por qué habíamos atracado allí ese día para conseguir provisiones?

—La verdad es que no —dijo, y nos volvimos para mirarnos, sonriendo.

—Estábamos escasos de vino y no nos quedaba ni una sola baraja completa de cartas.

Gabrielle se echó a reír.

—¡Unos piratas sin cartas y sin vino! Con semejante apuro, ¡me sorprende que te fijaras siquiera en los tratantes de esclavos!

—Pero me alegro de haberlo hecho.

Gabrielle alargó el brazo hacia la mesa que estaba junto a la cama y me pasó mi copa. Brindamos.

—Por las cartas y el vino —dijo.

—Por nosotras —dije—, y para siempre.

El barco navega hacia Chin y mi amor duerme apaciblemente a mi lado.

Estoy más que contenta. Estoy feliz.

—Xena


FIN


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