Serlo todo

Julia Noel Goldman
(Xena's Little Bitch)



Descargo: Los personajes no son míos, sólo me encanta escribir sobre ellos. En este relato se incluyen escenas de intimidad sexual entre Xena y Gabrielle, de modo que si la idea no os vuelve locos de emoción o por alguna razón leerlo es ilegal para vosotros, no leáis el relato.
Descripción: Ésta es una historia tipo "primera vez" que ocurre justo después de Lazos. Hay algunas palabras soeces y es tal vez un poco fuerte, pero oye, están enamoradas. MiladyCo@aol.com

Título original: Being Everything. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2003


Librarnos de Joxer esta vez va a ser más difícil. ¿Cómo, después de lo que acabamos de pasar juntos, puedo ser capaz de dejarlo tirado? Una vez más, estoy demostrando que tiene razón: soy una zorra y mis prioridades son egoístas. Quiero proteger a Xena y a Eva. Pero no quiero simplemente que estén a salvo: tengo que hacerlo yo misma. Mi deseo de protegerlas es tan fuerte que apenas consigo ver nada más, ni siquiera el camino delante de mi caballo. Mi caballo tiene nombre, sólo que todavía no lo voy a revelar. Tengo que guardar algo para mí. Tengo que tener algo que Xena no posea o conozca también.

Miro desde mi caballo a estos dos que van caminando delante de mí con el bebé. Estoy harta de su amabilidad. Son tan buenos y están tan llenos de amor, son tan inocentes. Casi me echo a reír al pensarlo: ¿quién podría imaginar que la pequeña ayudante de Xena tendría esta clase de pensamientos? Es como si todo se hubiera vuelto del revés. Xena es la Chica, es la inocente a la que hay que proteger. Yo soy la Guerrera, la airada, la que pega palizas. Me gusta quien soy. Pero quiero más. Tengo deseos que quiero ver colmados. Siento cómo corren por mi cuerpo y exigen mi atención de un modo que ya no puedo seguir ignorando. Y quiero que Joxer desaparezca. El cielo empieza a nublarse de nuevo y los truenos de la tormenta empiezan a oírse a pocos kilómetros de distancia. Me estremezco.

—Maldición.

—Yo creía que Zeus controlaba el clima —dice Joxer.

—Ya da igual. Tenemos que separarnos.

Ella envía a Joxer hacia Corinto, diciéndole que nos encontraremos allí dentro de unos días. Él nos estrecha el brazo a las dos y sale corriendo.

—Gabrielle, tú ve...

—Contigo y a ninguna otra parte. Punto.

—Gabrielle, insisto.

—De insistir nada. Mi sitio está a tu lado. Luchando contigo. Protegiéndote. Eso es lo importante para mí.

—¿Es que yo no tengo nada que decir al respecto? ¿Lo que es importante para mí no cuenta?

—Muy bien, Xena, ¿qué es importante para ti?

Xena baja la vista y dice:

—Tú. Eva. Luchar por el bien supremo.

—Pues parece que tenemos que seguir juntas.

Xena levanta los ojos al cielo cuando empieza a llover.

—Muy bien. Date prisa.

Cabalgamos por la arena y entramos en el bosque en el momento en que el cielo se oscurece y nos cae encima un diluvio. El camino no tarda en llenarse de fango y nuestros caballos avanzan valerosamente por el suelo resbaladizo. Pasan largos minutos y por fin nos encontramos ante la boca de otra oportuna cueva.

—Qué harta estoy de esconderme —digo cuando entramos con los caballos.

—Ahora mismo no nos queda más remedio, Gabrielle. Necesito tiempo para hacer planes. Eva tiene hambre y a mí misma no me vendría mal descansar.

Me echa una mirada y se sienta en una roca plana. Me pongo a retirar cosas de los caballos y preparar el campamento. Apenas he encendido el fuego y Xena ya está dando de mamar al bebé. No puedo evitar mirar por el rabillo del ojo mientras coloco nuestras mantas y pieles. Dioses, qué bella está. Sus pechos están mucho más redondos y su piel simplemente reluce. Para mí nunca ha tenido menos aspecto de guerrera. No recuerdo haberme sentido así de fuerte en toda mi vida. Me siento como una torre que se cierne por encima de esta bella joven y su hija, y mi amor y mi deseo de cuidar de ellas corren por mis venas como la sangre misma de mi vida. Mataría lo que fuera por protegerlas.

Nos sentamos junto al fuego y me cuenta su sueño sobre Ares cuando Eva se queda dormida en sus brazos. Sus descripciones son tan vívidas que yo misma veo la escena, pero en mi visión soy yo y no Ares quien la seduce, yo y no Ares quien la acaricia, yo y no Ares quien provoca sus gemidos.

Xena se traslada a nuestra cama y deposita al bebé dormido en un cálido nicho de pieles, luego se sienta a su lado y empieza a quitarse las botas.

—¿En qué estás pensando? —me pregunta Xena con ese tono nuevo y delicado que se la ha puesto. Siento una punzada entre las piernas como si ya me estuviera tocando.

—En ti y en Ares —digo, y cobro valor para mirarla a los ojos—. Sentiste algo. Sé que es así. Lo he notado.

—Sí —dice, mirando al fuego y luego a mí de nuevo—. Es cierto. Es que hace tanto tiempo que... nadie me toca así y... parte de mí respondió.

—Lo comprendo —digo, porque me está pidiendo disculpas por ello, porque en cierto modo sabe cuánto me importa. Me acerco y me acomodo a su lado sobre las pieles. No lleva nada puesto salvo el corto vestido de terciopelo negro y tiene un aspecto verdaderamente divino. Observo mi mano mientras le acaricio despacio el brazo. Se estremece y sé el calor que le ha entrado, por lo que sonrío.

—Oh, Gabrielle —susurra Xena.

Me inclino hacia delante otro centímetro y le susurro al oído:

—Cuando me imagino tu sueño, me veo a mí en vez de a Ares.

La brusca inhalación de Xena me hace sonreír de nuevo y froto un lado de mi cara contra su pelo.

—Como cuando lo besaste, así —digo, haciéndole cosquillas en los labios con la lengua y los dientes—. Y cuando él te besó, así —digo, besándola tiernamente en el hombro y bajando la boca hacia la parte superior de sus pechos. Echa la cabeza hacia atrás y gime.

—Lo que no te he contado —susurra Xena—, es que en el sueño, cuando me tocaba, yo deseaba que fueras tú.

La agarro de los hombros y la tumbo boca arriba, sin poder controlar ya mi pasión. Mi boca sobre la suya se muestra impaciente, insistente, y al poco mis besos han abierto su cuerpo entero para mí. Tengo a Xena bajo mis manos, pegada a mí, esperando mi amor. Me aprieto toda contra ella y mi muslo se abre camino inmediatamente entre los suyos. Jadea y noto que sus manos me aferran a mi cuello. La beso profundamente, mi hambre por ella es como un calor que invade cada parte de mi cuerpo. Es tan tierna, tan suave y musculosa y blanda bajo mis manos. Tiene la boca caliente y me lo entrega todo. Su pelo se extiende sobre las pieles alrededor de su cabeza, sus manos me acarician los hombros. Moviéndome por encima de ella me siento tan poderosa, como si fuera a hacer cualquier cosa que le pida, puedo hacer lo que quiera con ella, y la belleza de esta idea, de su cuerpo que se alza para pegarse a mí y encontrarse con cada empujón de mis caderas, me hace comprender de verdad lo que es tomar a alguien, y yo tomo a Xena como si hubiera sido hecha precisamente para el placer de mi cuerpo.

Cubro su cuello de mordiscos y besos y, al hacerlo, noto que su excitación aumenta. Gime y gruñe en mi oído al tiempo que frota su coño húmedo contra mi muslo, y los ruidos que hace están tan a punto de llevarme al orgasmo que tengo que soltarme de su abrazo.

Nos sentamos un momento, mirándonos.

—¿Por qué paramos? —pregunta, aún jadeante—. Te deseo tanto que podría gritar, Gabrielle.

—Yo también, Xena —digo—. Te estoy dando todo lo que soy y quiero que tú no me des menos a cambio.

Xena me mira.

—Quiero ser tu hombre, Xena. Quiero follarte más de lo que he deseado nada en toda mi vida, pero quiero que tú también lo seas todo para mí —susurro—. Quiero que sea de igual a igual.

Veo cómo sus ojos se mueven por todas partes, como si buscara esa parte de sí misma que lleva ausente desde nuestro renacimiento. De repente, se detiene y me mira a los ojos y ahí está, mi princesa guerrera. No la Destructora de Naciones, no una especie de demonio, simplemente la Xena que conozco desde hace tanto tiempo. A los pocos segundos, estoy tumbada boca abajo con su cuerpo pegado con fuerza encima del mío.

—¿Quieres que te folle? ¿Quieres que esté al mando? —me susurra al oído mientras desata mi corpiño y me lo quita por encima de la cabeza, lamiendo y mordisqueando el borde de mi oreja, apretando su coño húmedo y desnudo contra mi culo—. ¿Esto es lo que quieres? ¿Algo así? —susurra al tiempo que me rodea la cintura con las manos y me pone de rodillas, cogiéndome los pechos y acariciándome los pezones con sus uñas cortas. Lo máximo que puedo decirle para asentir es un ruido ahogado y salvaje, pero lo comprende. Me agarra del pelo y me echa la cabeza hacia atrás para besarme apasionadamente, metiéndome la lengua en la boca como un ejército conquistador. Le entrego todo. Xena quita una mano de mi pecho y la coloca delicadamente sobre el vello húmedo de mi coño. Gimo y me pego a su mano y noto que ella se pega a mí por detrás. Su mano emprende un lento movimiento circular al penetrar mi humedad y yo no soy nada más que mi cuerpo, mi piel y mis músculos y mis reacciones bajo sus manos que me llevan a lugares que jamás imaginé que existieran. Me quedo ahí flotando, sujeta por su caricia.

—¿Es esto lo que quieres? —me susurra de nuevo al oído, y el temblor de su voz traiciona su propia pasión.

—Oh, dioses, te quiero —jadeo.

Mis palabras la inflaman de nuevo y de repente la mano que me ha estado acariciando el coño con tanta delicadeza empuja hacia dentro. Xena me mete dos dedos dentro y los saca despacio. Lo vuelve a hacer, al tiempo que sigue empujando contra mí por detrás, cada vez más enardecida. Su boca devora mi cuello y me levanta hasta que me quedo de rodillas delante de ella, con la espalda pegada a sus pezones duros, y sus dedos siguen empujando dentro de mí, mientras su mano me frota el clítoris. Vuelve a echarme la cabeza hacia atrás y sus besos son húmedos y exigentes. Siento mi cuerpo bien sujeto entre su mano que me embiste por un lado y su coño que me embiste por el otro y mi pérdida de control es tan intensa que caigo de nuevo hacia delante, apoyándome en las manos y las rodillas. Xena se viene hacia delante conmigo y prosigue su asalto y ahora las dos gruñimos con cada embestida.

—¿Lista? —susurra.

—¡Dioses! ¡Por favor!

Deja de moverse dos segundos y luego empieza de nuevo, primero con su boca en la mía, luego empujando por detrás y por fin su mano empieza a moverse otra vez dentro de mí, despacio, cada embestida cada vez más intensa, alargándola hasta que ya no puede controlar más su deseo de follarme viva y lo hace. Nuestros cuerpos empujan el uno contra el otro sin pensar en nada más que su propia descarga, nuestros gemidos se transforman en gruñidos descontrolados y me siento totalmente rodeada por ella, por la fuerza de su pasión y su dominio sobre mí, completamente tomada por ella. Mi orgasmo estalla por todo mi cuerpo y se mete en el suyo. Caemos juntas hacia delante sobre las pieles y nos quedamos allí tumbadas abrazándonos. Me doy la vuelta entre sus brazos hasta que puedo mirarla a los ojos.

—Ha sido estupendo —digo—. Dioses, cuánto te quiero.

—Sí que lo ha sido. Sin la menor duda —responde Xena, sonriendo—. Yo también te quiero.

—Gracias por entregarme esa parte de ti.

—Gracias por ayudarme a encontrarla de nuevo.

—Quiero serlo todo, Xena. ¿Podemos serlo todo las dos?

—Ya lo somos.


FIN


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