A la deriva

Kwipinky



Descargo: Xena, la Princesa Guerrera, y ese mundo que tiene, incluidos Gabrielle y todos los demás, no me pertenecen. Son de Ren Pics. Supongo, aunque la verdad es que no lo sé. Con esto no voy a ganar ni dólares, ni dinares, ni drachmas ni liras (o podéis insertar vuestra propia unidad monetaria). No he escrito esto por dinero. Así que espero que os guste. Hacédmelo saber: kwp75@aol.com.
Sexo: No.
Episodios destripados: Una amiga en apuros, partes I y II.
Violencia: No.
Agradecimientos especiales: A CJ y a Kamouraskan por sus comentarios y sus ánimos.

Título original: Adrift. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2010


Una brisa fresca barría la proa del veloz navío. Gabrielle estaba sentada a un lado, observando a los delfines que saltaban y jugaban en la estela del gran barco. Tenía los brazos apoyados en el regazo y la cabeza inclinada hacia delante. Estaba cansada. El infierno le había costado menos que las últimas cuarenta y ocho horas. Pero sonreía.

Mientras, hacía un esfuerzo ímprobo por hacerse a la idea de vivir sin Xena. Su corazón albergaba a su alma gemela, pero sus brazos ya no. Y le dolían. Como nunca le habían dolido. Le cayó una lágrima por la cara y se apresuró a secársela. No quería que Xena conociera su auténtica pena, el dolor que había consumido su ser. Gabrielle se planteó clavarse la katana que había recuperado. Era una forma honorable de morir. Pero eso era mentira: pensaba que nunca había honor en la muerte. Sólo era un robo. Un robo del amor, de las sensaciones, y un robo de la paz. Un recuerdo está bien, un espíritu es duradero, pero el contacto humano...

Como una palmadita en la espalda, un masaje para aliviar los músculos doloridos, una caricia dulce y tierna y un beso cariñoso. Todas estas cosas que había compartido con su alma gemela eran recuerdos. Nada más, por maravillosos y agridulces que fueran, y nunca serían otra cosa.

¿Cómo iba a seguir adelante, cómo podría?

La voz de Xena la distrajo, y levantó la mirada y cerró los ojos. Como en el encuentro con Autólicus, apareció ante Xena.

—Gabrielle, estás llorando. No llores —dijo Xena haciendo un esfuerzo increíble por controlar sus propias emociones.

—Lo intento, Xena.

—Lo sé.

—Me muero por abrazarte. Por tocarte de nuevo. Mi corazón... —El dolor le atenazó la garganta y no pudo hablar. Le caían lágrimas por la cara.

Xena secó la humedad y sonrió con tristeza.

—Lo siento.

—No, Xena —dijo Gabrielle a duras penas—. No quiero que lo sientas.

—Gabrielle, yo no quiero que tú sufras tanto. Ojalá fuera más fácil.

—Si pudiera unirme a ti, Xena. Podríamos reunirnos y podríamos volver a estar juntas de verdad.

El rostro de Xena reflejó esperanza y luego enfado.

—¡Gabrielle! ¡Ni se te ocurra!

Gabrielle se encogió al oír el reproche de Xena. Bajó los ojos y Xena cogió la barbilla de la bardo.

—Te quiero, Xena. Te necesito.

—Aquí estoy. —Xena acarició la cara surcada de lágrimas de Gabrielle.

—Pero no estás.

Xena levantó la barbilla a Gabrielle y se miraron a los ojos. Sonrió de medio lado y apartó el pelo de los ojos verdes de Gabrielle.

—Todavía tienes mucho que hacer. El mundo necesita tu amor. Todavía tienes tanto que ofrecer.

—Pero Xena, no puedo hacerlo sola. ¿Cómo se lo voy a explicar a Eva? Ni yo misma lo entiendo. Por favor.

—Gabrielle —dijo Xena tajantemente—. Debes. Es difícil, la cosa más difícil de soportar que existe, pero debes hacerlo. Puedes tener familia. Tu linaje necesita un heredero. Volveremos a encontrarnos en carne y hueso. Pero ya ha llegado la hora, la hora de que sigas adelante, sin mí. La hora de que hagas lo que debes hacer en esta vida. Con el tiempo estaremos juntas para siempre dentro de los confines de nuestra alma y ahora yo seguiré dentro de tu corazón, pero tú debes seguir adelante.

Gabrielle se sintió mejor, pero el corazón seguía golpeándole en el pecho.

—¿Cómo? —preguntó—. No encuentro motivos para seguir. Ni uno solo.

Xena sonrió y volvió a mirar a los ojos verdes.

—Si te doy un motivo, ¿eso te ayudará?

Indecisa, Gabrielle tragó saliva con fuerza y asintió despacio.

—¿Dónde estás? —preguntó Xena.

—En un barco rumbo a Grecia —contestó la bardo.

—¿Cuánto tiempo llevas aquí?

—Un día. —Gabrielle, perpleja, escuchaba atentamente.

—¿Te has mareado?

—No. —Gabrielle abrió los ojos, contempló la gran extensión del mar y ladeó un poco la cabeza—. No, no me he mareado ni una sola vez. —Sonrió y meneó la cabeza—. Lo intentaré, Xena.

La voz de Xena susurró:

—Puedes hacerlo.


FIN


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