Antes del sacrificio

Alan Plessinger



Descargo: Xena, la Princesa Guerrera y los nombres, títulos y argumentos usados en Antes del sacrificio son propiedad exclusiva de MCA/Universal. El autor no pretende infringir sus derechos de autor al escribir este fanfic.
Nota: Esto es un breve diálogo entre dos mujeres que se quieren mucho. Ha habido muchos relatos que han explorado lo que ocurrió o va a ocurrir después de Sacrificio II. En éste se explora lo que podría haber ocurrido justo antes.
Alan Plessinger

Título original: Before the Sacrifice. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2003


¿Qué dices, qué haces en tu última hora de vida? ¿Cómo puedes resumir lo que sientes por la mujer que lo ha sido todo para ti y a quien has tratado tan horriblemente mal? Y ahora ya no hay tiempo siquiera para intentar compensárselo.

Xena estaba sentada afilando su espada con una piedra, acompañada de un ruido áspero y metódico. No había una necesidad acuciante de dedicarse a esa tarea. Joxer estaba en la cueva y tenía la daga con la sangre de la cierva, que era lo único que podía matar a Esperanza de una vez por todas. Simplemente estaba haciendo tiempo, para retrasar lo inevitable.

Lo cual es una buena definición de la vida, pensó Xena.

Gabrielle la esperaba, apoyada en su vara y mirando al suelo.

—Gabrielle —dijo Xena—. No parece que haya conseguido entrar, ¿verdad?

Gabrielle miró a Xena, pero ésta no estaba dispuesta aún a mirarla a los ojos.

—¿El qué? ¿Dónde?

—En los Campos Elíseos. No he conseguido entrar. La verdad es que creía que tendríamos más tiempo.

Gabrielle se acercó y se sentó al lado de Xena.

—Eso no lo sabes. Depende de Hades.

—Gabrielle, no creo que sepas en realidad todo aquello de lo que fui culpable antes de que nos conociéramos. Crees que lo sabes.

—Xena, los dioses van a tener una deuda contigo por esto. Puede que logres volver.

—Yo no lo creo. Hades me otorgó ese único favor, con tu ayuda, por lo que hice para salvar a su hermana. Pero dejó muy claro que eso era todo. Que no habría más oportunidades.

Xena se levantó y Gabrielle se levantó con ella. Xena la miró a los ojos.

—Hemos hecho un gran esfuerzo, tú y yo —dijo Xena—. Pero supongo que era una causa perdida. No hay nada que puedan hacerme en el Tártaro que sea peor que pasar la eternidad sin ti.

—He fallado —dijo Gabrielle—. Mi trabajo era cuidar de tu alma y hacer que entraras en los Campos Elíseos y te he fallado. Necesitamos más tiempo. Tú necesitas más tiempo.

—Gabrielle, lamento muchísimo haberte hecho tanto daño. No puedo creer que intentara matarte.

—Sabes que te perdono, Xena. Has hecho muchas cosas por las que tienes que ser perdonada y alguien tiene que empezar por algún lado.

—Gabrielle, quiero que esperes aquí. Por favor.

—¡No! Xena, si aquí es donde termina nuestro viaje, no voy a dejar que te enfrentes tú sola a ello. No me vas a robar los últimos momentos que tenemos para estar juntas.

Xena suspiró. Apartó los ojos de Gabrielle y recorrió las colinas con la mirada, guiñando los ojos por el sol.

—A veces me imagino a todos los hombres que he matado, viviendo en los Campos Elíseos y observando todo lo que hago por el portal. Y uno a uno, los voy poniendo de mi parte. Todos ven lo arrepentida que estoy y cuánto me he esforzado por ser buena. Y ven que alguien como tú puede llegar a... quererme. Y me perdonan. Todos me perdonan. Todos y cada uno de ellos. Es una locura de sueño. Pero... ay, Gabrielle, ha habido ocasiones, ha habido momentos en los que he llegado a creer que estaba ocurriendo de verdad. Momentos en los que de verdad he pensado que tenía una oportunidad. Sin ti ni siquiera habría podido creer eso.

—Xena, ¿qué voy a hacer sin ti?

—Gabrielle, eres resistente. Eres fuerte. Tienes toda una vida que no tiene nada que ver conmigo. ¡Por los dioses, si eres una reina amazona, Gabrielle! No me necesitas.

—¡Xena! —dijo, y hundió la cara en el hombro de Xena—. Xena, por favor, no me digas eso jamás.

Se echó a llorar. Xena la apartó. No se sentía digna del llanto de Gabrielle.

¿Qué te he hecho?, pensó Xena.

En ese momento habría dado más que la vida por otra de esas sonrisas adorables de Gabrielle, para llevársela consigo a la eternidad y guardarla en su corazón en medio de los tormentos del Tártaro.

Pero hacía meses que la cara de Gabrielle no se iluminaba con una de esas sonrisas que hacían brillar sus ojos verdes. Y cuando Xena se fuera, esperaba que esa sonrisa volviera a aparecer para alegrar a otra persona. A alguien que se lo mereciera.

Xena había rezado en una ocasión rogando que la hermosa luz que brillaba en el rostro de Gabrielle nunca desapareciera, porque no podría soportar la oscuridad que se produciría. Había rezado "a quien estuviera escuchando".

Ay, pensó Xena, ojalá hubiera escuchado yo misma.

—Vamos, Gabrielle. Es la hora. Vamos allá.

—¡No! ¡Xena, por favor, no lo hagas! ¡Tiene que haber otra persona que pueda hacer esto!

—Yo soy la única que está aquí en estos momentos, Gabrielle. Ya no podemos retrasarlo más.

—¡No puedes renunciar a la vida por esto!

—Gabrielle, sé que voy a morir. Lo acepto. ¿Por qué tú no? ¿Te suenan estas palabras?

Gabrielle bajó la mirada.

—Eso era distinto.

—¿Sí? ¿Entonces tú puedes ser valiente y noble y yo no?

—¡Esto es un suicidio! ¡El suicidio no tiene nada de noble! Hay tantas cosas buenas que todavía puedes hacer en el mundo y tantas cosas que todavía hay que hacer. ¿No hay nada que pueda decir o hacer para detenerte?

—No. Nada. Vámonos.

Xena se volvió y se encaminó hacia la cueva y Gabrielle la siguió. Y Gabrielle murmuró tan sólo tres palabras entre dientes, tan bajo que ni siquiera Xena la oyó.

Sólo tres palabras.

—Ya lo veremos.


FIN


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