GabriSibila

Temora



Descargo: Oh, pero si no es más que una tontería de nada. Los personajes no son míos, son de RenPics, hala. Leves referencias a dos mujeres que tienen una relación amorosa, ¡cielos! Y alguna que otra blasfemia contra el oficio de escribir bien.
Gracias a la gente encantadora del Bardic Circle, ¡especialmente a Lariel! ¡Que parlotees mucho y fructíferamente!
Me encantan los comentarios francos y siempre contesto: temoram@yahoo.co.uk

Título original: GabriSybil. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2002


Los días calurosos y húmedos ponían a Gabrielle de mal humor. Muy de mal humor. El tipo de mal humor que bulle bajo la piel como si alguien estuviera debajo soplando vidrio. De mal humor.

Aferraba las riendas con bastante más fuerza de la necesaria y mascullaba por lo bajo mientras cabalgaba. La cara, los brazos y la espalda le brillaban de sudor, y como os podrá decir cualquiera que vista habitualmente de cuero, éste no es el tejido más adecuado para el verano. Roza. Irrita. Se expande y pica. Rozaba, irritaba y picaba a Gabrielle. Y el aire olía mal. Y el caballo olía mal. Y había demasiada luz. Y el camino estaba lleno de polvo y fastidiaba, y los árboles estaban resecos y fastidiaban, y hacía un calor de narices. Y fastidiaba.

Xena sabía que no le convenía decir ni Una Sola Palabra. Incluso una sola palabra podía hacerla objeto de las iras de Gabrielle. A veces ni siquiera tenía que decir nada. Era una cuestión de cara o cruz. ¿Hablar y Ser Humillada? ¿Permanecer en Silencio y Arriesgarse a Morir?

Hoy, eligió el silencio.

—Me voy a resbalar de este caballo —llegó flotando hasta los oídos de la guerrera—. Como un puñetero cerdo engrasado. ¡A resbalar!

Calla, Xena, se advirtió a sí misma.

—Estúpido Apolo, sólo porque a nadie le importa un rábano, ¿qué es esto? ¿Qué es esto? ¿Una especie de declaración?

Calla, Xena.

—¿Es posible que el cuerpo humano explote? ¿Lo es? Seguro que . —Sin pararse a tomar aliento, la bardo dirigió su atención a sus alforjas, en las que empezó a hurgar con un vigor endemoniado—. Y no queda azúcar, claro, ¡porque alguien quería llegar al duelo antes de ir de compras! —Alzando un puño al cielo, vociferó—: ¡Malditos seais, dioses! Os estáis divirtiendo, ¿verdad? ¿Verdaaaad?

La guerrera suspiró por lo bajo. Esto era como el mes pasado en la Taberna del Cazador Salido, cuando Gabrielle se dedicó a pegar patadas en la entrepierna a varios invasores del espacio personal y tiró a aquel grandullón por tres tramos de escaleras porque "no le gustaba cómo llevaba el pelo".

Espera un momento. ¿El mes pasado? Con una repentina sospecha, Xena hizo unos rápidos cálculos mentales. 25, 26, 27, 28...Oh, no. Oh, NO. Unos enemigos enfrentados en duelo y una bardo con el ciclo. ¿Es que los dioses no iban a dejar nunca de conspirar en su contra? Se imaginó las diversas posibilidades en las que moría horriblemente por abrir la boca, así que no lo hizo.

—¡Y !

Oh-oh. Me ha pillado.

¡Mírate! ¡¡¡Diecisiete mil grados y estás tan fresca como una maldita virgen de Hestia!!! ¿Es que no hay nada que te moleste?

Oh, sí, ya lo creo. Pero les tengo cariño a mis ojos. En voz alta:

—Gabrielle, podemos parar si quieres.

—¡Ja! ¡Si quiero! ¡Si yo quiero! —soltó Gabrielle, moviendo las manos como loca—. Así que es cosa mía, genial. Así que nos paramos, luego llegamos demasiado tarde para detener el duelo, se cargan a Kilburn, su familia me echa a la culpa y ¿quién está contento? Nadie, Xena. Nadie.

Oh, genial, ahora se va a poner a echar un discurso. A cubierto, Tracia.

—Porque, como si no bastara con que te dé masajes en los pies, ahora va y hace el día más caluroso de la historia del mundo. ¡Cómo no!

Xena, que no conseguía ver la relación, eligió la respuesta segura.

—Aah, lo siento.

—¿Por qué dices que lo sientes? —preguntó Gabrielle con tono peligroso. Su voz cayó hasta convertirse en un siseo sibilante—. ¿¿Me estás llevando la corriente?? Eso es lo que estás haciendo, ¿¿verdad??

A Xena le entró el pánico.

Lo siento.

—¡No me vengas con "lo siento"! —dijo Gabrielle echando humo—. ¡Ni me hables cuando te pones así! ¡No digas nada!

Xena guardó silencio, siguió cabalgando y clavó la vista en el siguiente recodo del camino. Cuando pasemos esa curva, se dijo a sí misma, Gabrielle habrá recuperado la cordura. Recuerda, tienes el lado bueno del asunto (y vaya si es bueno) veintinueve días al mes, así que calla la boca y aguanta, mujer.

—Y encima no tienes ni idea de cocinar. —Tras escupir lo dicho como flechas de amazonas, la bardo se conformó con mascullar algo más de forma inaudible.

Xena carraspeó nerviosa.

—Tal vez deberías... —Iba a haber dicho "beber un poco o algo", pero se paró en seco a causa de una mirada feroz.

—Xena, ¿intentas decirme lo que tengo que hacer?

—No. ¡No! —le aseguró la guerrera apresuradamente—. Sólo pensaba que...

—Xena, ¿cuál de las dos manda en mí? ¡Tú no eres la Princesa Guerrera de mí!

Demasiado asustada para hacer otra cosa que no fuera asentir, la guerrera lo hizo con gran empeño. ¡Oh, dioses, me va a matar!

Gabrielle alargó la mano cubriendo la pequeña distancia que las separaba, agarró a Xena por el peto y la acercó de un tirón tanto que podría haberla besado, obteniendo un gritito de "¡Uuu!" por parte de la guerrera, a quien en otras circunstancias le habría encantado esa maniobra en concreto.

Pero no hubo beso. En cambio, sí un alarido ululante.

¿Te enteras?

La cabeza de Xena se movió de arriba abajo llena de desdicha y miedo.

¿Y bien? —rugió la amazona, con los ojos en llamas.

—¿Qué? ¿Qué? —balbuceó la angustiada ex señora de la guerra.

¡Que lo escribas! —vociferó Gabrielle en pleno frenesí, lanzando un trozo de pergamino costroso a su estupefacta compañera, que lo atrapó y se la quedó mirando muy turbada.

Gabrielle se echó hacia delante en la silla y pinchó a Xena en el pecho con un sai. Enunciando con total claridad y reforzando cada palabra con un buen pinchazo, siseó:

—Xena. No. Es. Princesa. Guerrera. De. Gabrielle.

La sumisa guerrera garabateó a toda prisa y luego se metió el pequeño pergamino en el peto. Esto pareció tranquilizar algo a la bardo, que se conformó durante los minutos siguientes con pegar guantazos violentos e imprecisos a unos mosquitos imaginarios.

Con mucha cautela:

—Estooo, ¿Gabrielle?

—¿Sí? —Una simple palabra, varias amenazas tácitas.

Xena se agitó nerviosa mientras paraba a Argo, obligando a Gabrielle a detener a su caballo.

—Creo... yo creo que hace mucho calor.

Mirada mordaz.

Qué lista.

—Y creo que deberíamos parar unas horas.

Gabrielle miró a su amiga entrecerrando los ojos bajo la luz del sol.

—Es decisión tuya, ¿verdad? Tuya, no mía.

—Mm-mmm.

—¿No me echarás la culpa si llegamos tarde al duelo?

—Para nada.

—¡Vale!

Repentina y horripilantemente alegre, la bardo saltó del caballo y se dirigió a los árboles.

—He encontrado cobijo a la sombra, Xena —exclamó toda contenta por encima del hombro—. Aunque la verdad es que no entiendo por qué se llama cobijo. ¿Qué es un cobijo? ¿Puede haber algo que sea cobijoso? ¿Cobijiente?

—Si tú lo dices —contestó Xena, algo mareada. Un solo cuerpo, varias personalidades. ¿Quién iba a saberlo? Con lo inocente que parece.

Toda sonrisas, Gabrielle se tumbó y dio unas palmaditas en el suelo a su lado.

—Vamos, ¿a qué estás esperando?

A que te empiece a girar la cabeza.

—A nada.

—¡Pues siéntate! —gorjeó la rubia alegremente—. Esta mañana se me ha ocurrido una historia. ¿Quieres oírla?

¿Una historia? ¿Cómo, mientras planeabas mi muerte?

—Aah...

Las nubes de tormenta se formaron rápidamente.

Xeeennaaa...

—¡Claro! Claro que sí, claro, claro... ahah, estaba sólo...

—Oh, aquí la tengo —sonrió Gabrielle y agarró la mano de la guerrera al tiempo que se sacaba un trozo de papiro de algún lugar de su persona. Carraspeó y adoptó su mejor pose de bardo. Mientras Xena se dejaba caer de rodillas a su lado, la bardo empezó a recitar con voz ligera e increíblemente dulce—: Canto sobre Xena (como siempre) quien esta mañana no es en absoluto la guerrera que era la última vez que oísteis hablar de ella. No, pues cuando el calor temprano se alza del suelo bajo nuestro campamento...

Gabrielle se interrumpió, repasando rápidamente con los ojos lo que quedaba.

—Vaya, toma del frasco —soltó con un ceño escéptico—. ¿Esto lo he escrito yo?

—¿Por qué? —preguntó Xena, deseando no haberlo hecho.

—Es que es un poco, bueno, crudo —reconoció Gabrielle, a quien se le iba poniendo una expresión de desolación a medida que seguía leyendo—. Es decir... no eres tan zorra...

—Oh.

—Y la verdad es que me gusta cuando luchas desnuda con la gente... —Le tembló el labio inferior—. Y no hueles mal para nada, últimamente no. No sé en qué estaba pensando...

—No pasa nada, Gabrielle —la tranquilizó la agradecida guerrera. ¡Ha vuelto! ¡Gracias a los dioses!

—¡No, sí que pasaaaa! —gimoteó la bardo lastimeramente, con los ojos llenos de lágrimas—. ¡Te quiero taantoooo! ¡Y mira lo que he escrito! ¡Míralooooo! —Tiró el pergamino a la hierba y se desplomó encima de la guerrera hecha un mar de lágrimas.

Xena se quedó boquiabierta y luego recuperó su presencia de ánimo. Enternecida por las palabras, rodeó a su bardo con un brazo y acarició el pelo rubio mientras Gabrielle sollozaba enérgicamente sobre su hombro.

—Yo también te quiero, no pasa nada, Gabrielle —la tranquilizó, echando un ojo al pergamino que se agitaba con la brisa. Sí, ahora. Pero por los dioses que mañana te vas a enterar. ¿¿Estoy viendo la palabra nalgas...??

—Sí, sí que pasa —se lamentó la bardo, con la voz apagada por el cuero—. Tú eres tan b-buena conmigo... ¡y yo soy una bruja horribleeeeee! —Los lloros duplicaron su volumen y Xena puso los ojos en blanco. ¡Bardos!

—De verdad, Gabrielle, está bien.

—¡N-no, no está bien!

—Que sí —le aseguró Xena pacientemente. Chiflada.

—¡No!

—Sí.

¡No, Xena! —gritó Gabrielle enfurecida, irguiéndose de golpe y dando un bofetón a la guerrera—. ¡Deja de intentar apaciguarme, pedazo de boñiga!

¡Plaf!

—¡Ay! Gabrielle...

Plaf, plaf.

—¡Déjame en paz!

¡Plaf!

—¡Vale ya!

¡Plaf! Harta, Xena se puso de pie de un salto, esquivando los deditos bárdicos con facilidad.

—¡Aléjate de mí! —chilló como una loca la amazona congestionada.

—¡Vale, vale, vale!

Gabrielle se la quedó mirando, con la mano levantada, los ojos desorbitados.

¿Dónde Tártaro te crees que vas?

—¡Lejos! ¡De ti! ¡Ahora mismo! Gabrielle, podría ir a impedir que a nuestro amigo lo hagan picadillo y lo esparzan por todo Mantarus o, jo, ¡podría quedarme aquí para ser tu saco de entrenamiento mientras intentas decidir cuál de las Furias eres! Ooh, a ver, ¿qué hago, qué no hago...?

La guerrera se interrumpió, sudorosa, jadeante, y no pudo dar crédito cuando Gabrielle se echó a reír.

—¡Xena, te pones tan mona cuando estás ofendida! Ven aquí y dame un beso, ¿eh?

La guerrera se quedó boquiabierta.

—Lo dirás en broma.

Gabrielle se retorció de risa.

—Perdón... perdón... lo siento, es que te pones tan... —Agravó la voz—: Lo dirás en broma —la imitó con una expresión severa y ceñuda en la cara, antes de sonreír—. Qué rica eres, Xena. Venga, vamos a buscar a Kilburn.

Xena se sentó sumida en un pasmo silencioso mientras Gabrielle se ponía en pie de un salto toda contenta, plantaba un resonante beso en la mejilla de la guerrera y se subía a la silla, canturreando por lo bajo. ¿Y se le permite hacer eso sin más?

—¡Corre, lentorra! —gorjeó Gabrielle, recogiendo las riendas con las manos—. ¡Vamos a llegar tarde! ¡Y con el día tan bueno que hace!

Xena se encogió de hombros, agotada. Supongo que sí. Se dirigió a Argo. Cuando se estaba montando ágilmente en la silla oyó seis palabras que le helaron la sangre en las venas.

—Xena, ¿este cuero me hace gorda?


FIN


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